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No hay Sáhara que valga – Crónica Diario AM 27/05/2018

No hay Sáhara que valga – Crónica Diario AM 27/05/2018
Ella

 

Ocurrió en la provincia de Ghardaïa, en pleno valle del M’Zab, a principios de febrero. Era nuestra última noche y, por un mal cálculo previo a una partida algo precipitada, no habíamos previsto bien la cantidad de dinero necesaria para el viaje, así que le pedimos a nuestros guías que nos acercaran a algún sitio barato que pese a ello no incumpliera las normas básicas de higiene al primer vistazo. Acabamos en una avenida polvorienta –en la puerta del Sahara, todas lo son– y no demasiado satisfechos con la primera recomendación, recorrimos parte de ella siguiendo los olores a carne especiada que llegaban desde un par de parrillas situadas más arriba antes de que nuestra desesperada y más que innecesaria escolta pudiera evitarlo.

En Ghardaïa, pese a su consideración como Patrimonio de la Humanidad, no están demasiado acostumbrados a los extranjeros. El revuelo que causamos al salivar descaradamente ante las carnes hizo salir al patrón, una suerte de Pavarotti ortodoxo con una labia y energía que fue capaz de fascinarme y asustarme a partes iguales. No paró de hablar en los cinco minutos siguientes. Sigo creyendo que no aspiró en ningún momento. Brochetas. Un pollo asado entero. Patatas traigo. Lo siento, los que tenemos la barba así no les damos la mano a mujeres. Españoles, ¿de dónde? Yo soy de Tizi Ouzou. Zidane es mi primo. Tercero. Promis juré. Sed muy bienvenidos.

Una vez hube acabado, decidí salir a fumar preventivamente. Me esperaba un lento camino al aeropuerto y un vuelo relativamente largo de regreso a Argel. En el código del fumador, más vale acumular nicotina que arrepentirse en una puerta de embarque que sabes que llevará retraso. Cometí el error de pensar que me dejarían tranquilo en mi último vistazo al lugar menos occidental en el que nunca he estado. Supongo que les resultaba exótico. No pasaron más de dos minutos antes de que los dos khouyasque se ocupaban de vigilar la parrilla vinieran a hacerme la pregunta que más había oído desde que llegué al país, una pregunta que no entiende de contextos salvo el de ser la infaliblemente inmediata a: «¿Español? ».

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«¿Barça o Madrid?» En el taxi. «¿Barça o Madrid?» En el restaurante. «¿Barça o Madrid?» En el control de pasaportes. «¿Barça o Madrid?» en la ventanilla de reclamación de la puñetera maleta que se han apañado para perderte en un vuelo directo de apenas una hora. «¿Barça o Madrid?» en medio de la autopista mientras examinan tu pasaporte como si les acabaras de enseñar el mapa hacia El Dorado. En los últimos tiempos ha surgido una variante más inclusiva y con más mérito patrio: «¡La casa de papel!». Independientemente del gusto del consumidor, siempre será infinitamente mejor que cargar como patrimonio la Macarena.

«Madrid». Pese a los orígenes de Zidane y Benzema, no es necesariamente un seguro de simpatía, aunque en realidad no hay respuesta mala. Instalar un descodificador que emita en alta definición más de quinientos canales de toda Europa cuesta menos que un solo mes de cable en España, y no hay una sola casa habitada que no tenga parabólica. Premier, Calcio, Ligue 1, y por supuesto, Liga BBVA. Es muy barato ser el Àxel Torres de tu barrio.

Su reacción no me dejó dudas respecto a su filiación deportiva: culés de toda la vida, o desde el Barça de Pep, o desde el de Rijkaard, o desde que se fundó el club. Vete tú a saber. No quiero ni imaginarme la turra que puede suponer la conversación que indefectiblemente me esperaba para alguien a quien no le gustara el fútbol al cabo de un tiempo, ya que hasta a mí me empezaba a resultar cansina. «¿Liga?» Para el Barcelona, claro. A esas alturas ya estaba más que tirada por los blancos, y no me parecía que el Atlético fuera a ofrecer la espartana competencia de otros años. «¿Copa?»  Más difícil, pero salvo sorpresa, también se la llevaría el Barcelona. «¿Champions?»

Sinceramente, no tenía un pronóstico razonado. Cierta tendencia a la multiplicidad estadística me decía que era año de que la ganara un equipo que no fuera español, disminuyendo la autoridad machacona de los últimos años. Pero aquellos dos chrikis estaban demasiado emocionados con la posibilidad de debatir con un madridista madrileño como para soltarme tan fácilmente, así que opté por una vía que rara vez utilizo salvo en el contexto del infravalorado mamoneo deportivo institucional: tirarme a por pipas. 

«El Madrid llegará como mínimo a semis, y probablemente a la final. El Barça no pasará de octavos o cuartos. Caput. KO. Finito. Y es más que posible que volvamos a ser campeones». Exclamaciones, aullidos, perjuros. Nada anormal. Como suelen explicarte, ellos no son africanos. Son mediterráneos. Gente con carácter. Acogedora, orgullosa, amable,  a menudo encantadora, y con carácter. Tan pronto discuten a voces con la cara pegada como te abrazan por lo que tú consideras un detalle básico de consideración. Los móviles no tardan en salir a relucir. Las eliminatorias de Mourinho, Pepe y Alves y Messi. Sergi Roberto metiendo una puntera tan desesperada como orgásmica. Iniesta esperando al borde del área y soltando la pierna, por una vez, sin pensárselo mucho.

Pavarotti me rescató. Con dos o tres bufidos instruyó rápidamente a sus empleados para que dejaran de darme la brasa y se dedicaran exclusivamente a vigilarlas. El cansancio acumulado de aquellos días, junto a la inminencia de nuestra partida –mis compañeros empezaban a despedirse y dirigirse al coche– motivaron mi despedida socarrona a aquellos dos chavales que ahora se afanaban en que no se les quemará más el pollo. «En mayo os acordaréis de mí insha’alla». Ellos sonrieron con esa complicidad deportiva del que sabe que siempre tendrá ocasión de revancha mientras se despedían, brocheta al aire.

En unas horas, en la presuntamente hospitalaria Kiev, tanto ellos como yo sabremos lo acertado el alcance total de mi intuición deportiva, tan mordaz como poco meritoria. No todo es azaroso. Quizás, al contrario que ellos, sepa que todo está amañado para que mi equipo siempre gane. Quizás, al contrario que ellos, sepa que la estrella europea del madridismo es invencible. Quizás para muchos ambas sean lo mismo. O puede que quizás, y solo puede, la única certeza que amparo es que el Real Madrid siempre compita hasta el límite de sus posibilidades cuando la recompensa sea una Copa de Europa. Y que cuente con que todo el mundo lo sepa.

 

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Ella

Desvariando semanalmente desde París (Francia). Y "echar" va sin h. Todo empezó en octubre de 2009, justo antes de mudarme a vivir a París. El hermano pequeño de mi mejor amiga me dijo "tienes que visitar un blog muy divertido…". Y aquí estamos unos años después, de administradora y dominadora del mundo, contando cada domingo batallitas varias ("yo he venido aquí a hablar de mi libro", que decía aquél). Aviso para navegantes: mis posts se han de leer con el sentido del sarcasmo incorporado si se quiere disfrutar de la experiencia completa. Y el deporte femenino existe.

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