Crónicas

Ese orgullo intangible

Ese orgullo intangible
errante

Una característica maravillosa que tiene el papel es que aguanta todo lo que se escribe sobre su cuerpo. No para juicio, no está de acuerdo, simplemente es la plataforma para que alguien en un momento de soledad pueda expresar lo que está pensando, lo que está sintiendo.

Ese sentimiento puede ser la angustia indescriptible de quien actúa por costumbre o sacrificio y no por lo que piensan las masas. Así Unamuno nos regala a un Don Manuel convenciendo a un ateo Lázaro a ser un modelo de cristianismo sin perder su falta de creencia en Dios.

Así de existencialista también es el fútbol, donde la obligación moral (no siempre consciente) de defender lo propio nos lleva a rincones llenos de absurdo. Es un mundo donde siempre se es víctima, nunca canalla. Sartre tenía razón, el infierno sí son los otros, los otros equipos que sólo frente al mío deciden sudar la camiseta y correr tras la pelota como si estuviesen drogados. Son los árbitros que tienen que rendirle pleitesía a quien sea menos a mi equipo. Es el clima que a veces tiene la desvergüenza de colocarle el sol en la cara al arquero de mi equipo durante unos cuarenta y cinco minutos.

Parvulos

El problema es que aquí no hay magia, no se puede solventar la desgracia con un simple Expecto Patronum que ahuyente a los dementores para regresarnos la tranquilidad de un fútbol sin ventajismos ni esa asquerosa subjetividad que cobra venganza con su silbato a cualquier afrenta política de la semana anterior.

Por suerte, contrario al Papa de Roma, los árbitros si son falibles y de vez en cuando nos conceden goles que no deberían subir al marcador. ¡No es favoritismo! ¡No se debe condenar al ciego! Es simple justicia divina que merecemos por tantos años de dolor. Claro, porque al final es un juego de uno sólo. El rival no juega, no tiene empleados con familia ni una hinchada a la que le importas tanto como ella a ti.

Cada partido es como si se reviviese el cruce del espejo de una tal Alicia para llegar al mismo lugar donde hace apenas unos días se perdió la memoria. Es ir caminando por ese bosque junto a los once soldados de mi equipo por poco más de noventa minutos, hasta llegar al final y se quiebre esa aventura finita protagonizada por un balón.

Pelota Fuego

Ahora llega la parte peligrosa, la de pelear contra los molinos de viento vestidos con casacas enemigas. Son enfrentamientos especiales, done apremia la amnesia, las acciones se exageran y el oprobio se minimiza. Hay hasta quienes llegan a justificarse con una mentira, atreviéndose a decir, como escribió Cervantes, “Ladran, Sancho, señal que cabalgamos”.

Pasan las horas, semanas y años. Cambian las temporadas, los relojes dejan de derretirse y el cabello se torna fino y blancuzco. Sin embargo, el lado oscuro no ha mermado en afrentas. Hasta ha sido capaz de llegar a fronteras impensables. Cerca, demasiada cerca en un mundo donde tanta información debería ser capaz de mostrar la verdad. Esa que Borges encontraba en las manchas del jaguar, Kundera en las fotos retocadas y Shakespeare luego de que visitara la muerte.

En el mundo de ellos contra nosotros, cada victoria propia es un nuevo desafío. Es una afrenta al orgullo de los conspiradores. Un puñal nuevo que hemos clavado. Para quien no conoce, es un simple gol.

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