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Eran otros tiempos, era otra la historia – Crónica Diario AM 21/12/2017

Eran otros tiempos, era otra la historia – Crónica Diario AM 21/12/2017
errante

Había una vez un niño que no contaba con muchas cosas materiales a su alrededor. Tenía pocas pasiones, sólo tres para ser exactos: leer, escuchar música y el futbol. Era un fanático extremo del fútbol, seguía al equipo de sus amores – junto a la educación, sería la herencia dejada por su padre – pero le fascinaba ver partidos de otros equipos para mentalmente fantasear sobre equipos imposibles o de jugadores que llegarían a otro nivel.

Con mucha ilusión el chico también seguía los partidos del hermano mayor de la región, ese equipo que si jugaba en primera división y de vez en cuando llegaba a jugar contra equipos internacionales. La emoción antes del partido era gloriosa, la victoria emanaba una parte de orgullo y otra de pertenencia que el chiquillo no podía explicar. Las derrotas abrían el camino a largas charlas de lo que pudo ser y no aconteció. Igual, siempre había ganancia a pesar del resultado.

De todas formas, el niño entre su equipo local al que a veces hasta la misma pelota le faltaba y el equipo de todos en la región vivía la mayor parte del año casi saturado de fútbol. Hasta que un día, el padre le dice: “vamos que hoy comienza el mundial y antes del primer partido en un especial analizarán a cada equipo”. La palabra mundial no le sorprendía, la había escuchado antes pero como le habían dicho que ninguno de sus equipos lo jugaba pues mucha atención no le causaba.

Ahí fue que su padre le dijo que en el mundial no lo jugaban los clubs sino los países. Era un torneo donde cada país juntaba a sus mejores jugadores y competía una vez cada cuatro años para ver quien en ese momento era el líder del fútbol mundial. El niño fascinaba al ver en un mismo equipos jugadores de equipos archirrivales de Inglaterra o al enterarse que otro no era del país que él pensaba.

Repentinamente el chiquillo que no paraba de comentar ante las descripciones brindadas por la televisión de cada equipo se quedó callado. Sin entender por qué sintió orgullo al ver la bandera de su país en la televisión y reconocer en el equipo a un par de jugadores de su región. Se había transformado en breves imágenes la importancia del mundial.

Durante las siguientes semanas, trató de ver la mayor cantidad de partidos del mundial. Y cada vez que jugaba su selección sentía que el corazón se le salía por la boca cada vez que el contrincante amenazaba con marcar un gol. Y así con tres puntos resultado de perder, empatar y ganar un partido vio a su selección despedirse del gran escenario del futbol.

Sin embargo, la sensación que sintió al ver a su selección ganar un partido fue indescriptible. Luego del mundial trato de aprender lo más posible de su historia. Así aprendió sobre figuras como el Negro Jefe de Uruguay, la violencia de una Alemania que buscaba lastimar a Puskas más que marcar un gol, de los llantos del padre de Pelé durante el Maracanazo y la desgracia de otorgar un mundial a la dictadura argentina.  

La visión de futbol del niño se había trastocado. Ahora veía partidos de otras ligas para seguir a jugadores específicos, una ilusión globalizada cuando comenzaron a ocurrir gran cantidad de transferencias de jugadores. Para este entonces, el niño ya no era tan niño y el padre ya sólo lo acompañaba en sus recuerdos.

Ahora le tocaba a él mostrarle los colores a su hijo, llevarlo a la cancha e inculcarle otros buenos hábitos como la lectura. Pero poco a poco veía que todo iba cambiando. El equipo del barrio cada vez llevaba menos personas y el de la región se había convertido gracias a transferencias y mucha deuda en un equipo contendor a nivel nacional.

El nuevo chiquillo solo tendría en su memoria años de increíble talento y numerosas victorias. Las idas al estadio cada vez eran menos y el idioma cada vez más extranjero. Había llegado la globalización y con ella cierta pasión artesanal se había perdido. Ir a la cancha se sustituía con ver el partido en la tele cuando se decidían a transmitirlo en abierto.

Llegaron los campeonatos, llegó el olvido. Lo que inicialmente comenzó con tarifas prohibitivas para ver un partido, comenzó a crecer hasta convertirse en el negocio que determinaba a qué hora  jugaba este o aquel equipo. La nueva tradición consistía en cambiar la existente para complacer al que en ese momento histórico compartía su chequera con el club. Más importantes dar preferencia al horario de Los Ángeles o Beijing que el local.

Solo la pasión que le había inculcado su padre lo mantenía pegado al televisor, recordando mayor cantidad de alegrías y menor número de campeonatos. Tal vez logre algún día logre con su hijo establecer ese pacto no anunciado del futbol. Sus únicos obstáculos son la supremacía del mundo digital y la falsedad que transmiten los jugadores que se exhiben como artículos en venta, sin lealtad a ningún club.

Ahora lo mismo toca madrugar que trasnocharse para continuar siendo parte de esa comunidad que comparte un mismo amor, sentimientos que son imposibles de contabilizar en los despachos.

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