Aportación Propia

Como un equipo – Crónica Diario AM 18/09/2016

Como un equipo – Crónica Diario AM 18/09/2016
Ella

 

Era el viernes 13 de octubre de 1972. Un avión militar uruguayo cubría la ruta desde Mendoza (Argentina) hasta Santiago de Chile (Chile), para transportar a un equipo de rugby de jóvenes uruguayos, y algunos pasajeros extra, como familiares de los deportistas y personas ajenas al grupo que necesitaban hacer la misma ruta y se habían añadido al vuelo.

Se fueron 45 personas (40 pasajeros y 5 tripulantes), pero sólo volvieron 16…

 

Querid@s Damistas:

Sí, les estoy hablando de la historia del accidente de avión que se narra en la película “¡Viven!” (“Alive”, 1993). Esta historia real es sobre todo recordada porque los supervivientes del accidente tuvieron que alimentarse de carne humana durante varias semanas antes de ser rescatados… Y la verdad es que esta experiencia es más, mucho más que eso.

Uno de los supervivientes (quizás el más conocido) es Nando Parrado, y él mismo lo ha declarado: sobrevivieron porque actuaron como un equipo. Al ser un equipo de rugby, el Old Christians, en cuanto el avión se estrelló se pusieron manos a la obra para sobrevivir, porque se conocían desde pequeños, porque estaban acostumbrados a la estrategia para ganar, porque entrenaban juntos…

Y si hoy les cuento esta historia, con una relación relativamente lejana al deporte del que se habla en esta página, es simplemente porque los que iban en ese avión eran amigos de mis padres. Algunos murieron, otros vivieron, pero la cosa es que esta historia increíble merece ser recordada de nuevo.

Los chicos del equipo de rugby venían todos del mismo colegio montevideano, el Stella Maris, y habían continuado jugando a rugby después de acabar el bachillerato, se seguían frecuentando y viajaban juntos para jugar contra los rivales, aunque estuviesen en un sitio tan alejado como Chile… Stella Maris, en aquella época, era un colegio exclusivamente masculino, pero como la cabra tira al monte, estaba “hermanado” (a falta de una palabra más adecuada) con un colegio exclusivamente femenino, por aquello de que no se puede evitar que los adolescentes de ambos sexos se busquen… Pues resulta que el colegio femenino con el que estaba hermanado era el de mi madre, que es de la generación de varios de los que viajaban en ese avión, y ello hizo que mi madre saliese de fiesta con sus amigas del colegio y se encontrase con los muchachos de Stella Maris, que eran sus “partenaires” masculinos. Y ya en aquella época, qué cosas, los que unos pocos años más tarde iban a ser los líderes de la supervivencia en los Andes eran los mismos que tenían un éxito entre moderado y amplio entre las féminas, en especial Nando Parrado. 

 

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Y como Uruguay es un país muy pequeñito, muy pequeñito, mi padre, que es unos años mayor, era amigo y había ido a clase con los hermanos mayores de los accidentados, con lo cual los conocía también. Pequeño inciso: a pesar de todas estas coincidencias, mis padres nunca se conocieron hasta varios años más tarde, y a varios miles de kilómetros de Uruguay, cosas de la vida…

Desde pequeñita conocía esta historia, ya antes que saliese la película, y siempre he escuchado cómo mis padres evocaban en casa los nombres de los muertos y de los vivos, el cariño que les tenían, la tristeza por las pérdidas y la alegría cuando aparecieron de la nada… Mi padre ya había emigrado a España en 1972, pero mi madre no, seguía viviendo en Montevideo, y siempre contaba cómo, al anunciarse el accidente, en su barrio se vivió una tragedia colectiva, con las iglesias repletas para rezar, con tantas familias afectadas, familias amigas, familias vecinas… Y cuando dos meses más tarde aparecieron los supervivientes, también cuenta la euforia colectiva, el milagro (porque fue un milagro) de la reaparición, la incredulidad, cómo el tema del alimento fue tratado…

Volviendo al accidente, todo se debió a un mal cálculo de los pilotos. Ese avión no tendría que haber despegado por el mal tiempo, pero lo hizo ante la insistencia de los rugbymen, ansiosos como estaban por jugar su partido. El mal tiempo provocó que la velocidad del avión en vuelo fuese un poco más lenta, al tener vientos de frente, y los pilotos cometieron un trágico error. Entre que el avión volaba más lento de lo que ellos pensaban, y que además no podían utilizar las cumbres andinas como referencia por culpa de las nubes, pensaron que estaban en un punto determinado, cuando en realidad estaban a 100 km de distancia, y empezaron a descender el avión. Desgraciadamente, en cuanto cruzaron las nubes se encontraron rodeados de paredes y paredes de montañas, en lugar de estar en el pasillo montañoso de bajas alturas que esperaban. Evidentemente, el avión se estampó contra las montañas, con la cola y las alas desgarradas, y las siete personas que viajaban detrás murieron al instante.

Una vez el avión estrellado (sin alas ni cola), los que habían sufrido menos el impacto se pusieron manos a la obra rápidamente. Uno de ellos se llamaba Roberto Canessa, que en aquella época era un simple estudiante de medicina (hoy en día es un reconocido cardiólogo), y que se encontró con una promoción directa a jefe de hospital en condiciones peores que las de una guerra: sin ningún material, sin ninguna ayuda, con una reguero de heridas las unas más terribles que las otras, y con la única solución que se le ocurre – “ponte nieve en la herida”.

Además de los siete fallecidos de la cola, se añaden diez muertos más entre los que mueren durante el impacto y en las horas siguientes. Uno de estos muertos fue el piloto del avión, que agonizando les dijo que estaban en Curicó, error fatal, ya que esa (des)información hizo creer a los supervivientes que estaban en lugar concreto del mapa que encontraron… Y no, estaban en otro sitio totalmente diferente, y no a los 3500 metros de altitud que pensaban, sino a unos aún más duros 4500 metros, sin plantas, sin vida animal, con la única compañía de las piedras, la nieve y el cielo, y estamos hablando de una compañía muy hostil a esa altura… 

Nando Parrado se despierta hacía el tercer día tras el accidente. Probablemente estuvo en coma todo ese tiempo, y parecía que iba a morir, por eso los supervivientes tomaron una decisión eminentemente práctica: Nando y los otros heridos en peor estado dormirían en la “puerta”. 

Con temperaturas de hasta -45ºC por la noche (octubre era el principio de la primavera austral), sin ninguna ropa de abrigo (Uruguay es un país totalmente plano donde no nieva NUNCA), el frío era uno de los peores enemigos (siendo el peor la sed, según contaron más tarde). Como por la noche sólo podían dormir dentro del fuselaje del avión, había que cerrar el agujero que había dejado la cola, con lo cual utilizaron maletas para impedir la entrada del frío, y allí dejaron a los heridos que no creían que se podían salvar, y el espacio menos frío para dormir, al fondo del avión, se reservó para los que tenían más posibilidades de vivir. Pues bien, esa decisión probablemente salvó la vida de Parrado, porque el accidente probablemente le provocó un edema cerebral, y lo mejor para reducir un edema ¿qué es? Exacto: el frío. Esos tres días que Nando pasó inconsciente y al frío muy probablemente fueron responsables de su despertar, con un terrible dolor de cabeza, pero despertar al fin y al cabo.

Tras su vuelta a la vida, informan a Nando que su madre ha muerto en el accidente. Su hermana sigue viva, pero en muy mal estado. Habían viajado para acompañar a su hijo y hermano mayor a ese partido de rugby que no se jugó, y ya no volvieron. Susana, la hermana, fallece nueve días después del accidente en los brazos de su hermano, que después de tener que aceptar el fallecimiento de su madre, se ve obligado a enterrar a su hermana al lado…

Nando tenía otra hermana, mayor que él, y esa hermana tenía un hijito de un año. Precisamente para su sobrino Nando había comprado unas zapatillas rojas, y fíjense a lo que se agarra uno, esas zapatillas rojas fueron una de las razones que hicieron a Parrado luchar lo imposible por salir de ahí. Él miraba las zapatillas todos los días, y se decía a sí mismo: “tengo que salir vivo de ésta para darle el regalo a mi sobrino”. Las otras dos razones que le empujaron a vivir fueron también muy especiales. Con 22 años, Nando no había vivido aún muchas cosas de la vida, y él se decía: “en algún lugar está mi futura novia, con la que me casaré y tendré hijos, y si me muero nunca nos conoceremos”.

 

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Pero la tercera razón quizás es la que me parece más profunda. Los supervivientes sabían que estaban vivos, pero el mundo no tenía noticias. En el caso de Nando, no podía dejar de pensar en su padre, que debía creer que había perdido a su esposa y a dos de sus tres hijos, y ese pensamiento le torturaba día y noche. Un día, contemplando las montañas, y hablando con Dios (la religión tuvo una presencia importante durante la tragedia por muchos motivos), dijo: “déjame salir de ésta para decirle a mi padre que ha perdido a su mujer y a una hija, pero que su hijo vivió. Tengo que darle la noticia a mi padre, que su hijo está vivo”. 

Si les digo que leyendo el libro que les voy a recomendar al final me puse a llorar en este trozo, no les estaré mintiendo…

La búsqueda, con equipos de todos los países afectados, se suspendió a los ocho días, ya que la zona donde pensaban que estarían no era la buena. El piloto, antes del accidente, fue dando involuntariamente las informaciones incorrectas a las diversas torres de control. Los del avión contaban con una radio con la que podían escuchar las noticias, pero no podían comunicarse, y así se enteraron que no les buscaban más.

La desesperación del grupo fue enorme: por un lado nadie les va a venir a buscar, por el otro no tienen nada que comer, y finalmente por culpa de la nieve y la falta de material no pueden ponerse a escalar para salir de ahí.

Como las desgracias nunca llegan solas, 17 días después del accidente, durante la noche, una avalancha arrastró el fuselaje llenándolo de nieve (desgraciadamente, el fuselaje había quedado en la posición ideal para que, en caso de avalancha, la nieve entrase directamente por el hueco de la cola). Esa noche ocho personas más murieron ahogadas, incluida la única mujer que quedaba viva, Liliana Navarro. Su marido, Javier Methol, durmiendo a su lado, no pudo sacarla a tiempo de la nieve, y así es como los cuatro hijos del matrimonio se quedaron sin madre. 

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En ese momento ya sólo quedan 19 supervivientes. Todos tenían entre 19 y 26 años, excepto el mencionado Javier, que con 38 se convertía en el superviviente más anciano. En esta odisea es cuando la Naturaleza te muestra su cara más cruel y severa: todos los que sobrevivieron eran varones en la mejor edad, cuando el cuerpo tiene todas las ventajas de la juventud y ningún inconveniente del cuerpo adulto. Estamos hablando de chicos sanos, deportistas, aficionados a una práctica, el rugby, muy física, donde la fuerza bruta cuenta mucho. Estar en esas condiciones óptimas fue un seguro de vida para los que se salvaron sin duda.

Los muchachos tienen que organizarse. Todavía es demasiado pronto para salir a la montaña y buscar ayuda, y tienen que alimentarse antes. La decisión, profunda pero práctica, llega: la carne de los fallecidos está disponible. Se establecen unas reglas en el grupo, y es que no se tocarán los cadáveres de las mujeres, y tampoco se tocarán los cadáveres de los familiares y amigos más íntimos fallecidos, para hacer menos difícil el trance de comer carne humana. 

Como en un deporte, se organizan diferentes grupos, cada uno con su función. Los hay que se encargan del tema alimentación, otros se encargan de conseguir agua derritiendo la nieve, unos más allá salen a buscar la cola del avión para ver si pueden recuperar la radio y enviar un mensaje (la misión fracasa estrepitosamente). Y luego, y se tendría que hablar más de ello, están los que no se encargan de nada, los que están moral y espiritualmente tan destrozados que lo único que hacen es dejarse morir, esperar a que llegue su hora.

Pero como estamos hablando de un verdadero equipo, a estas alturas el nuevo liderazgo, el natural, empieza a imponerse, y Parrado y Canessa, entre otros, tiran del grupo para ayudar a los más débiles, a los que se han rendido.

 

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Durante el mes de noviembre mueren dos chicos más, Arturo Nogueira y Rafael Echavarren, ya que a estas alturas llevan un mes sin comer y en condiciones absolutamente espantosas. Sólo quedan 17 vivos de los 45 que se subieron al avión. Nando Parrado, impaciente y en mejor estado físico y mental que la mayoría, insiste para salir a escalar las montañas. Hay discusiones, debates, votos… Y se escoge una fecha, el 12 de diciembre, ya que para esa época el verano andino ya habría empezado y las condiciones de la montaña serían menos peligrosas. Si para esa fecha nadie les ha salvado, Nando se irá con otros dos a buscar ayuda.

El 11 de diciembre ocurre algo muy triste. Uno de los supervivientes, Numa Turcatti, muy debilitado ya, se encuentra haciendo una siesta dentro del fuselaje del avión. Uno de sus compañeros, al entrar en el avión, sin querer pisa el muslo de Numa. Puede parecer algo totalmente anodino, pero en aquellas circunstancias, la frontera entre vivir y morir es una línea muy, muy fina…

Ese pisotón inocente le provoca una herida en la pierna a Numa, la herida se infecta y… Numa fallece. Numa era uno de los amigos más cercanos a mi madre en ese avión, y el hermano mayor de Numa había sido compañero de clase de mi propio padre. Mis padres le han recordado en infinidad de ocasiones con esta frase: “pobre Numa”… Yo no lo llegué a conocer evidentemente, pero toda mi vida he pensado en él con el cariño heredado de mis padres. 

 

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Al día siguiente del fallecimiento, y precisamente por el fallecimiento de Numa, Parrado decide que ya basta de esperar, y se larga con Canessa y Antonio Vizintín. Mal orientados desde el principio, deciden ir en dirección chilena (oeste), en vez de ir hacia Argentina (este), lo cual les hubiera supuesto una excursión de apenas tres días antes de dar con pastores de los prados argentinos.

Escalan una primera cumbre muy alta para orientarse, para ver si consiguen avistar algo de verde en el horizonte. Al llegar se encuentran con 360º de nieve y altas cumbres… Desesperados, deciden que Antonio vuelva al avión y anuncie que los otros dos van a seguir caminando los días que hagan falta, y Canessa y Parrado se dirigen hacia lo que les parece ser un camino a lo muy lejos (no lo era).

Después de diez largos y penosos días de escalada de alta montaña con botas de rugby, habiendo recorrido 59 km, alimentándose de carne humana, y sin tener ni idea de dónde están, llegan a un río. Al otro lado del río hay un pastor chileno, Sergio Catalán, que rápidamente se da cuenta que algo pasa ahí porque no es normal encontrarse a gente por esos lares. Como el río va muy crecido por el deshielo, nadie puede cruzar al otro lado, y se comunican a través de un papel atado a una piedra. Catalán entiende en seguida quiénes son, no en vano todo el continente sudamericano había estado con el corazón en vilo durante semanas por la desaparición del avión uruguayo en los Andes, y como alma que lleva el diablo camina diez horas para ir a buscar a una patrulla de policía que está destinada en la zona. Es el jueves 21 de diciembre de 1972.

 

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Al día siguiente, guiados por Parrado (Canessa está muy enfermo y no puede acompañarles), los helicópteros aterrizan como pueden en el lugar del accidente. Recuperan a dieciséis personas en un estado lamentable, pero como dijeron en Uruguay: ¡ESTÁN VIVOS!

Las familias de los supervivientes rápidamente vuelan a Santiago de Chile, donde los muchachos están ingresados en el hospital. Es en ese momento en el que Nando le puede decir a su padre: “papá, yo estoy vivo”. En ese momento que Carlitos Páez, otro amigo de mi madre, se entera que su padre, el escultor Carlos Páez Vilaró, un señor muy conocido en Uruguay y sin experiencia escaladora, llevaba dos meses escalando los Andes buscando a su hijo, porque el señor sabía, sentía, adivinaba que su hijo estaba vivo. Es en ese momento en que Nando puede darle las zapatillas rojas a su sobrino de un año.

Y en esas Navidades, pasadas en el hospital, brindaron por los que no pudieron vivir.

 

Después

Cada 22 de diciembre los supervivientes se reúnen. Todos siguen vivos menos Javier Methol, fallecido en 2015. Nando Parrado conoció a su novia, se casó con ella y tuvo dos hijas. Roberto Canessa acabó la carrera de Medicina. Carlitos Páez pudo ver a su padre de nuevo. Pudieron sobrevivir porque se conocían, porque no hubo conflictos inútiles, porque trabajaron como un equipo, porque varios fueron mentalmente suficientemente fuertes para sobreponerse a las circunstancias y avanzar. Ésta es una historia de supervivencia, pero también es una historia de humanidad, de ante las peores circunstancias seguir luchando, por programación biológica, está claro, pero también de seguir luchando gracias a la fe, fe en la familia, fe en la vida, fe en un milagro, fe en nuestra mera existencia, fe en algo que es más poderoso que el ser humano… La gente que se queda con la parte del canibalismo pues me entristece, porque es no haber entendido nada de nada de lo que pasó allí arriba.

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Para quien quiera saber más del tema, y leer directamente de la fuente (y no de mi mala explicación de algo que supera ampliamente mis capacidades redactoras), les recomiendo que se lean el libro “Milagro en los Andes”, de Nando Parrado (pueden encontrarlo aquí). Es imposible que se arrepientan. Imposible.

 

Ella Diario AM

Twitter: @EllaDiarioAM

 

 

 

 

 

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Ella

Desvariando semanalmente desde París (Francia). Y "echar" va sin h. Todo empezó en octubre de 2009, justo antes de mudarme a vivir a París. El hermano pequeño de mi mejor amiga me dijo "tienes que visitar un blog muy divertido…". Y aquí estamos unos años después, de administradora y dominadora del mundo, contando cada domingo batallitas varias ("yo he venido aquí a hablar de mi libro", que decía aquél). Aviso para navegantes: mis posts se han de leer con el sentido del sarcasmo incorporado si se quiere disfrutar de la experiencia completa. Y el deporte femenino existe.

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