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Un dios cruel – Crónica Diario AM 29/05/2016

Un dios cruel – Crónica Diario AM 29/05/2016
Gimme

Quizá no fuera solo de unos años a esta parte, quizá siempre haya sido así en cierta manera, quizá las maravillas de la era de la comunicación han posibilitado que un manantial de reflejos cristalice en una entidad común, o quizá haya trasnochado demasiado y este café sea demasiado flojo, pero sea como fuere, el caso es que la sensación latente estos últimos años es que el fútbol ha alcanzado nuevas cotas conceptuales. Como la decantación final de un proceso alquímico, mitad ciencia y mitad rito pagano de farándula, el concepto  futbolístico ya ni siquiera se escribe en minúscula: las propiedades místicas y morales que se le atribuyen se asemejan más a un dios único, moralista y equitativo, a la versión salomónica del destino con griterío castizo de fondo.

Hablamos del Fútbol -apréciese la mayúscula como una aparición de la Virgen-, esa entidad que según algunos dirige con justicia los designios morales de lo que  veintidós pobres mortales se dedican a hacer con un balón y no pocos sudores. Él dispone, ordena y distribuye como buen mediocentro metafísico, y bajo su cobijo los más trabajadores serán recompensados, los sufridores sacados en volandas y los creyentes no pueden sino esperar la gloria eterna. Es un dios complaciente, considerado con la historia, la trayectoria, la filosofía y muy especialmente la moral. Sus acólitos están por encima del bien y el mal, y poco se paran a considerar los títulos terrenales, baldíos, carentes de sentido si no coinciden con lo dictado desde arriba. Su reino no es de este césped.

Es suya la filosofía dominante en los días previos a la final europea disputada anoche, incluso entre los menos propicios para ajustarse a epifanías de última hora, dadas las circunstancias. Inconscientemente, el Atlético y su afición se encomendaron a sus designios creyendo que en su martirio eliminatorio estaba el derecho a triunfar, que total para qué, si ya les daban paso y en esta ocasión, más que juicio rápido se trataba de un mero trámite. Con absoluta independencia del resultado, la Historia (mismo Dios, denominación posmoderna) ya les debía el primer triunfo en la máxima competición europea a los colchoneros. A foregone conclusion siempre y cuando, claro está, no te hayas equivocado de templo.

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Porque si existe un dios que se preocupe por semejantes nimiedades, no tiene nada de benigno. Que le pregunten a Diego Pablo Simeone. Que le pregunten si vagar por el desierto cuarenta años, o lo que es lo mismo, llevar a su equipo a dos finales europeas en tres años, tiene sentido cósmico si no se le permite entrar nunca a la tierra prometida. Sin ahondar mucho más en el paralelismo, fue la ausencia de fe de Simeone la que ayer perdió la final. Primero porque no supo, luego porque no quiso, y al final porque no se atrevió. “Es tiempo para pensar”, comentaba el argentino con la mirada ausente, como pensando aún en un penalti estallado en el larguero o en la mueca de una divinidad burlona y nada discreta.

Sería el Real Madrid el encargado de despachar credos por la vía del desacato. Sacrificado Benítez en ritual pagano para exorcizar un vestuario para invariablemente endiosado, Zidane se encomendó por su parte al equilibrio logrado en estos últimos meses, el justo para manejar un equipo competitivo, que no necesariamente ganador. El título de ayer sirve como testimonio de ese equilibrio, hasta ahora el mayor logro del galo en una temporada que no ha dejado de zozobrar entre lo esperpéntico y lo puramente surreal. Mención aparte merece el baluarte de esa competitividad, Casemiro. Al igual que tantas otras cosas del entorno blanco esta temporada, de unos meses a esta parte habría firmado la noche de ayer aún sin conocer resultado, más atónito de tener la opción de disputar finales que convencido de la posibilidad de ganarlas. Quizá la mejor noticia sea el crédito logrado por el aún novato técnico madridista, que en teoría debería darle pista libre para hacer cuantos sacrificios rituales considere necesarios de cara a la temporada que viene.

Sirve este undécimo título europeo para confirmar al equipo blanco en su estatus de máximo supervillano del fútbol mundial, de los que amas odiar o a veces odias amar. Sirve esta segunda final atlética para que los cabalísticos lean de nuevo los astros y concluyan que tras perder una en la prórroga y la segunda en los penaltis, la tercera ha de ser la gloria eterna. Debiera servir el partido de anoche para demostrar de una vez por todas que de haber un dios del fútbol, se trata de un dios cruel.

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Gimme/Diario AM

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"When the seagulls follow the trawler, it is because they think that sardines will be thrown into the sea"

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