Crónicas

Intolerancia

Intolerancia

El ser humano desde sus orígenes ha tenido una fascinación con el poder, sentirse superior y como consecuencia dominar todos los elementos que le rodean. El Pentateuco de las tradiciones judeo-cristianas ya nos avisaba que Adán al dar nombre a todos los animales los colocaba a un nivel inferior al suyo.

Otras fuentes históricas nos muestran como distintas civilizaciones trataban a los extranjeros, aquellos que por alguna cuestión de creencias o física consideraban diferentes. Los tratos que los griegos, aztecas, sumerios, incas, mayas o zulús imponían a los que no eran parte de su tradición podían variar un poco pero simplificándolo se resumían en vasallaje, esclavitud y, en casos más extremos, la muerte.

El pasar de los siglos nos ha traído mejoras en servicios de comunicación y transporte. La nueva globalización ha estado acompañada de importantes flujos migratorios que han transformado las caras de las grandes urbes del mundo. Sin embargo, esa necesidad de sentirse superior de algunos seres inhumanos ha significado un renacer de sentimientos de odio hacia aquello que en nuestras mentes amenace alguna creencia o sentimiento.

Regresando a la actualidad nos encontramos un mundo donde los conflictos bélicos entre distintos estados se han reducido grandemente y con pocas excepciones no generan interés de la prensa mundial. Los conflictos ahora se resuelven mayormente por presiones y represalias económicas donde, como en la antigüedad, los más grandes casi siempre son los que hacen las leyes y deciden si desean cumplirlas.

Muchos consideran que ante este entorno el deporte surge como elemento de diferenciación, poder apegarse a un grupo con varios intereses similares… al clan, el barrio, el reino. Es ese evento que puede, por medio de una victoria, servir como catarsis a los que se acostumbrado a ser menospreciados por rivales que en cualquier otra faceta de la vida los ha maltratado. Ante este panorama es imposible pensar que en los cánticos de un México – Estados Unidos no hay un deseo de revancha que tiene menos de deporte y más de una relación histórica desigual.

Las rivalidades deportivas a nivel club tampoco son exentas de esta realidad, cualquier investigación del origen de la animosidad de un Boca – River Plate en la Argentina o de un Peñarol – Nacional en Uruguay se encuentra que es inicialmente fue un conflicto social donde el fútbol enfrentó a los adinerados de la ciudad con los que fueron rechazados por pobres. Los nacionalismos también han sido protagonistas, la fundación del Inter de Milán surge de un cisma en el ahora AC Milán por su decisión de rechazar extranjeros. E imposible olvidar el trasfondo económico de los Manchester United – Liverpool, el religioso de los Glasgow Rangers – Celtic o el peso de la historia en los FC Barcelona – Real Madrid.

Lo que hasta ahora queda claro es que el deporte es un canal de desahogo y orgullo para otros. También es una forma de vida para millones de personas alrededor del planeta que, con diferencias en sueldo abismales entre sí, por medio del deporte ganan el sueldo que les permite comer. A veces olvidamos que los deportistas, entrenadores y representantes millonarios son una ínfima minoría en el gran panorama del deporte mundial.

Lo que es intolerable en cualquier deporte es el odio, sea por racismo o por xenofobia. Esa ilusión que hace creer a algunos que el origen geográfico o la cantidad de melanina que una persona tenga en la piel es la que define su capacidad neuronal o atlética. Ante esta necedad, comprendo el por qué la gesta de Jesse Owens al arruinar el circo mediático de Hitler en las Olimpiadas de 1936 es tan importante.

La xenofobia, que es simplemente otra expresión de odio, está ganando demasiados adeptos alrededor del mundo. Quizás la voz más asquerosamente sonora es la del precandidato presidencial republicano Donald Trump en los Estados Unidos. Ya en otros lados (ver aquí) escribí sobre el impacto de su discurso cimentado en odios, complejos y resentimientos.

El racismo en el fútbol es una desgracia presente que por alguna razón seguramente oportunista, quienes tienen la obligación de tomar medidas correctivas muchas veces ignoran la existencia de un problema o simplemente actúan de manera selectiva. El poder del dinero hace que las vidas que se pierden por ataques injustificados de barras bravas pasen a un segundo plano y no sean justificación suficiente para parar un torneo. También tienen responsabilidad los comentaristas deportivos (no digo periodistas) que incitan a la violencia por lo que pueden llegar a ser decisiones arbitrales que desde su perspectiva son erróneas.

Periodista hondureño sobre arbitro mexicano: “A ver si sale vivo de Honduras”

Los jugadores, ese componente esencial de cualquier deporte, representan la variable que puede romper el presente status quo de inoperancia frente al racismo. El ejemplo que nos ofrecen los estudiantes de la Universidad de Missouri en los Estados Unidos donde la inacción administrativa de la universidad ante actos racistas llevó a estudiantes y atletas (de todas razas y credos) a exigir exitosamente la renuncia del presidente de esta entidad.

Equipo de Fútbol Americano de la Universidad de Missouri Apoyando Huelga

 

En partidos de fútbol el racismo se demuestra de distintas formas, siendo usualmente el destino de estas manifestaciones de odio jugadores negros. Los actos más comunes que se han visto abiertamente son tirar plátanos o imitar el sonido de simios cuando el jugador toca la pelota. No importa si el equipo de los racistas tiene jugadores negros, el sonido que emiten es el mismo. Hay jugadores que han dicho basta y amenazado con no jugar más ante los insultos. Otros, como John Coluhon del Heart of Midlothian en Edimburgo, luego de su retiro han declarado que se sienten avergonzados por su inacción ante los cantos racistas.

Lo indignante es que muchas de las asociaciones continentales como la Conmebol, UEFA y hasta la propia FIFA (todas con algún tipo de investigación por corrupción en estos momentos) se han declarado frecuentemente en contra de todo tipo de racismo. Sin embargo, es muy poco lo que hacen para castigar a los infractores y, en el caso de la FIFA, parece que se premia a países donde la intolerancia parecer ser el pan de cada día. Hasta el propio encargado del grupo en contra del racismo de la FIFA admite que esta organización no hizo lo suficiente durante la Copa Mundial de Brasil para frenar los gritos racistas que estaban ocurriendo en varios partidos.

Carta Jhoel Herrera Reaccinando al Racismo

Carta Jhoel Herrera

Los pasados meses han dado múltiples ejemplos de lo lejos que estamos de la civilidad en los campos de Fútbol en todas las geografías. Desde insultos constantes en el fútbol peruano, donde el jugador Jhoel Herrera pasó de ser víctima a victimario. Afortunadamente la campaña “Ponte Alerta en el Fútbol” impulsada por el Ministerio de Cultura de ese país sudamericano busca remediar el problema del racismo en las canchas de fútbol.

Un caso similar tuvo lugar en Rusia, donde el jugador Emmanuel Frimpong luego de cantos imitando al sonido de los simios se enfrenta a la hinchada, recibe una tarjeta roja directa y dos partidos de sanción. Pero en esta ocasión, el descaro fue demasiado por alguna razón u otra y la FIFA exigió a las autoridades rusas explicaciones de por qué se castiga al jugador y no a los que lo insultaban.

Tarjeta Roja a Emmanuel Frimpong

Ojala esta reacción de la FIFA se deba a que seriamente quieren frenar los ataques xenófobos y racistas que cada vez se vuelven más frecuentes en los estadios. Pensar que solo actúan por la presión que sufren desde hace meses por las investigaciones de corrupción en contra de sus directivos o por qué todo lo que ocurra en el fútbol ruso hasta 2018 tendrá un gran peso mediático al ser este el país sede del próximo mundial.

El deporte es un entretenimiento que no justifica odio o agresiones en ninguna parte del mundo. Lo más importante debería ser la dignidad humana. Es por esta razón que cualquier excusa que condone actos racistas o justifique la xenofobia debería ser condenada por todos, comenzando por los propios jugadores. Tal vez sea utópico pero mientras los protagonistas se mantengan desunidos es muy poco lo que se logrará en un mundo donde lo importante es el resultado y parar al adversario “por lo civil o por lo criminal.”

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