Fue uno de los momentos más tensos que recuerdo como deportivista en mis casi 30 años de vida. El más celebrado, el más festejado, sobre todo por ser uno de los más imprevistos. Parecía imposible sobreponerse a una situación así. Ni el enemigo más malvado lo hubiese pintado peor.

Solo recuerdo correr por el pasillo de mi casa de un lado al otro. 

Sí, efectivamente hay más recuerdos muy pasionales alrededor de esta camiseta, tanto buenos como malos, pero el que más me emocionó en su momento fue este. Sin duda. No me olvido de los recientes partidos contra el Valencia o la Real Sociedad en Riazor en 2011 y 2013, sin ir más lejos, también tensos. O en el sufrido ascenso ante el Huesca en 2012 con ese gol de Xisco. Tampoco del Centenariazo y el recorte de Sergio a Hierro, de la Liga contra el Espanyol o del suspiro previo al penalti de Djukic. El gol de Vicente Celeiro me pilló con dos años, pero mis mayores se han esmerado en explicarme la importancia que tuvo.

Aún así yo me quedo con el del Camp Nou

El pasado 23 de mayo, hace exactamente 200 días, el equipo de mi ciudad se jugaba su salvación (tercer intento tras dos fallidos en el último lustro) contra el equipo invencible, aquel a quien nadie quiere enfrentarse en un momento decisivo. El Barcelona venía de ganar la Liga y se plantaba en la final de la máxima competición europea ante la Juventus como claro favorito. Antes de viajar a Berlín tocaba Barça-Dépor de Liga. 

Neymar, Messi, Pedro, despedida de Xavi en el Camp Nou. Sonaba fatal. 

Recuerdo el 2-0 en el minuto 59, recuerdo la doble parada de Fabricio evitando el 3-0. Recuerdo a todos aquellos deportivistas pasando calor y angustia en las gradas. Recuerdo el chispazo de Lucas en el 67‘. Ahí empecé a creer. “¿Por qué no?”

Luego llegó la falta de Medunjanin, la pierna de Salomão y la mayor emoción que sentí como deportivista. Ya han pasado 200 días. El sábado volvemos. Y por fin se puede ir a disfrutar.