Aportación Propia

París sigue viva – Crónica Diario AM 15/11/2015

París sigue viva – Crónica Diario AM 15/11/2015
Ella

 

 

Seis años viviendo en Francia ya, cuatro de administradora de esta página, y hoy ha llegado el momento de tutearnos.

 

“El ser humano, un experimento fallido” (Amigo de Lescaut)

El viernes pasado por la tarde me contactan para decirme que hay una entrada gratuita sin dueño para ir a ver el Francia-Alemania al Stade de France. La verdad es que pensé: “mmm, ver a los Bleus me da igual, pero los alemanes son campeones del mundo, estaría guay verlos en directo”. Pero no, llevaba yo días con ganas de ver “Spectre”, la nueva película de James Bond, y preferí ir al cine aquella noche.

Fui al cine, en el parisino distrito XII, y antes de empezar la película puse el móvil en modo avión, porque me molesta cuando suena en el cine, y me molesta molestar a los otros también. Se acaba la película, a eso de las once de la noche, y durante los créditos de la película (que siempre me quedo a ver hasta el final: siempre), noto que varias personas están enganchadas al móvil, hablando por teléfono. Pienso: qué obsesión con el móvil, que no pueden esperarse a salir de la sala para conectarse.

El grupito jovencito delante de mí está hablando por teléfono. El señor de mi izquierda también está enganchado al teléfono en mi oreja, y yo pensando: qué poco respeto señor, que la película no ha acabado… Me dicen: “ha habido un tiroteo en París”. Pienso que bueno, en esta ciudad de locos pasan tantas cosas que el tiroteo será en alguna de las zonas del extrarradio que no hay que pisar ni por error.

 

Banlieue Bobigny

 

Y entonces oigo en castellano otra palabra: “secuestro”. Me giro y resulta que detrás tenía una pareja, ella hispanoamericana y él estadounidense, y la chica estaba hablando en castellano al teléfono también. Tiroteo vale, ¿secuestro también? La escucho: el Bataclan, que conozco de sobras, está sitiado. ¿Cómo? Le pregunto a la chica, me cuenta. Me dice: ¿vives en París? Le digo que sí, ella también. Nos despedimos: id con cuidado por favor, volved a casa rápido.

Mientras tanto mi móvil se ha cargado de mensajes de todas partes. Miro la pantalla y descubro con horror que una cantidad importante de personas lleva una hora esperando que confirme que estoy viva. Benditos móviles, gracias por existir, gracias. Salgo a la calle, no llueve por suerte. Hago lo que nunca hago: me pongo a escribir por el móvil mientras camino. “Estoy viva”, “volviendo a casa a pie”, “no sé qué ha pasado”, “cuando llegue a casa te aviso”…

Me dicen de coger el metro para ir más rápido: ni hablar, mejor ir a pie, que en caso de alerta en París meterse en el metro es meterse en una trágica ratonera. Vuelvo a casa a toda pastilla, todo es un déjà vu. En la calle es lo mismo que pasó con Charlie Hebdo en enero pasado: silencio, ninguna risa, corrillos… Es viernes por la noche, un momento en que los parisinos se entregan sin ningún pudor a su deporte favorito: el voyeurismo. En París es totalmente normal ver a la gente sentada en las terrazas, mirando a la gente que pasa y dejándose ver. Nunca hablan entre ellos, uno frente a otro, sino que medio conversan uno al lado del otro, viendo a la gente pasar.

Pero el viernes a las 11 de la noche hay corrillos, algo mucho más habitual en España que aquí. Como en enero pasado. Todo el mundo anda pegado al móvil. ¡Benditos móviles!

 

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Llego a casa, enciendo la tele corriendo, no me sacaré los zapatos ni la bufanda hasta las 2 de la mañana, inmóvil ante las noticias. Vuelvo a conectarme al móvil: ya estoy en casa, por favor, no os preocupéis, ni en España ni en Uruguay, estoy bien.

Empiezo a enterarme de lo que pasa. Dios mío, es el barrio de al lado, otra vez. Como en enero pasado. Todo ha pasado en las inmediaciones de Charlie Hebdo. Dios mío, una pareja de amigos estaba en el Stade de France… Después de unos minutos de espera me entero que están refugiados en casa de una amiga. Pienso en un gran amigo alemán, muy futbolero: no fue al partido, se quedó en casa porque no tiene presupuesto para salir a menudo. Alivio de nuevo.

Mi mejor amiga en whatsapp diciéndome que no vuelvo a salir de mi casa en un par de años, sin negociación posible. Mi tía uruguaya, la mosca que ya conocéis, conectada a la CNN desde Montevideo diciéndome por favor que no me mueva. Sé que ella se ocupará de informar al resto de la familia sin que yo se lo pida, cosa que hace. Otra tía mía me deja un mensaje de voz al borde del llanto, preocupada “porque estás solita en París y estoy muy preocupada por ti”. Yo rezando porque mi padre esté dormido y no se haya enterado de nada hasta que le pueda llamar al día siguiente y decirle de viva voz que estoy bien (cosa que se confirma: estaba durmiendo, se enteró comprando el periódico y pude hablar con él minutos después). Una hermana por whatsapp pasmada, la otra me escribe un mail a las 8 de la mañana, “por favor contesta en cuanto puedas, estoy muy preocupada”. Multitud de mensajes en Twitter, los otros admins de Diario AM en Telegram mega conectados, preocupados… Otra amiga me dice: oye, ¿qué tal si te vas de Francia unos días? Vente a mi casa y sal de allí. De hecho, casi se atreve hasta decirme de abandonar Francia definitivamente, que esto ya es demasiado.

Dejo un mensaje en Facebook diciendo que estoy bien, los amigos del mundo entero asaltan el mensaje y van dejando sus ánimos. Incluso gente que dudaba yo que se conectase a Facebook más de una vez al mes le dan a “like”. Facebook, ¡bendito Facebook! A eso de la 1 de la mañana recibo una alerta Facebook diciéndome si quiero marcarme como “en lugar seguro” en mi perfil para alertar a todos mis contactos. Me marco en lugar seguro, mis primas en Uruguay reciben la noticia. Veo que la mayoría de mis amigos se van marcando “en lugar seguro” también, respiro… 

Empiezo a entender todo lo que ha pasado. Conozco todas las calles de las que se habla: TODAS. Es el barrio de al lado, como con Charlie Hebdo. De nuevo las ambulancias por la calle, de nuevo la policía, incluso hay un helicóptero a las 2 de la madrugada sobrevolando mi edificio… Como en enero pasado.

 

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Es imposible dormir, pero después de las 3 de la mañana me acuesto. Antes de las 8 ya estoy despierta de nuevo, ha sido una noche horrible. Mi móvil vuelve a sonar, más sms que contesto inmediatamente para confirmar que todo va bien. Decido que no puedo volver a dormir porque sospecho que el móvil seguirá echando humo, y que si tuviese a alguien lejos en una situación similar querría recibir la confirmación de que todo va bien inmediatamente.

Más mails, más mensajes, contesto todo en seguida. Más televisión, más imágenes de lo que ha pasado, hablo con mi padre, que respira tranquilo. Por las calles de mi barrio es otra vez lo de enero: mucha menos gente que de costumbre, mucho comercio cerrado, ambiente raro, la gente caminando deprisa… 

Y yo que me pregunto: el lunes ¿tengo que subirme al metro para ir al trabajo? Y no me apetece nada… 

 

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Lo peor es la sinrazón. En enero pasado los monstruos atacaron objetivos muy definidos (pero no por ello sus asesinatos tienen más sentido): caricaturistas que les habían “ofendido”, judíos (el gran enemigo), policías que iban a detenerlos… Pero este viernes pasado el objetivo fue cualquiera, cualquier habitante de Francia, en cualquier lugar, ya fuese viendo un partido de fútbol, tomando algo en una terraza o yendo a un concierto. Son cosas que hacemos todos. He estado en el Stade de France viendo fútbol, terracear es algo que hacemos todos en París si no hace demasiado frío, el lunes pasado mismo yo estaba en la sala Olympia para un concierto, como os conté en la última crónica dominguera… Estamos en París todos con este sentimiento de: ¿y si me hubiese tocado a mí? ¿Y si me hubiese gustado el rock metal? ¿Y si Daniel Craig no me gustase y hubiese ido al Francia-Alemania? ¿Y si hubiese querido probar un restaurante nuevo en el barrio de al lado? ¿Y si la próxima vez paso por ahí?

Os traduzco un texto que me he encontrado por allí, parece que escrito por alguien del New York Times, pero poco importa el autor o autora. Es tan acertado que os lo pongo entero:

Francia encarna todo lo que todos los fanáticos religiosos odian, el disfrute de la vida aquí en la tierra de incontables maneras: una aromática taza de café y croissant de mantequilla por la mañana, mujeres hermosas con vestidos cortos sonriendo libremente por la calle, el olor del pan caliente, una botella de vino compartida con amigos, un poco de perfume, niños jugando en los jardines de Luxemburgo, el derecho a no creer en ningún dios, a no preocuparse por las calorías, a flirtear y fumar y disfrutar del sexo fuera del matrimonio, a tomarse unas vacaciones, a leer el libro que te apetezca, a ir a una escuela gratuita, a jugar, a reír, a discutir, a burlarse de prelados y políticos por igual, a dejar las preocupaciones de la otra vida a los muertos. Ningún país es capaz de disfrutar de la vida en la tierra mejor que los franceses.”

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Pues sí, es cierto. Hay cosas de los franceses que me molestan profundamente, y una de ellas es esa mala entendida libertad, ese “yo hago lo que me da la gana y no tienes derecho a juzgarme”. Una de las consecuencias es que en Francia no suele estar mal visto ser infiel a tu pareja, por ejemplo, algo que me repugna profundamente. Sin embargo, esta mala entendida libertad, bien gestionada, es responsable de todo lo que os he traducido más arriba, de disfrutar de la vida, de disfrutar de la comida, de disfrutar de la cultura, de disfrutar de la libertad… Y eso es que lo han pretendido destruir estos energúmenos el viernes pasado. Pero no podrán con nosotros, eso os lo aseguro.

No voy a hablar de política, ni de religión, ni de radicalismos… Os pido que tampoco lo hagáis en los comentarios. Estos energúmenos que utilizan la idea de un “dios” para matar a gente no merecen nada, quizás ni haber nacido. Porque lo de gritar que lo hacen en honor de un “dios” es tan ridículo como si gritasen “os mato en honor a una salchicha de frankfurt”. Para mí es igual de ridículo, simplemente una excusa como cualquier otra para saltar por los aires. Y lo peor es que los kamikazes del viernes pasado son simplemente el último eslabón, tremendamente frágil por cierto, de una cadena asquerosa. Los kamikazes mueren, pero los locos, LOCOS, que les han lavado el cerebro están mientras tanto sentados cómodamente delante de la pantalla disfrutando del dolor inmenso que han provocado. En enero mataron a diecisiete inocentes, algo que no hemos olvidado los que vivimos en París. Ahora han vuelto a matar a más, más fuerte, más grande, más espectacular, más terrorífico… Pero que no utilicen un supuesto dios para añadir un ridículo “honor” a estos crímenes abyectos. A ésos son a los que hay que buscar, encontrar y castigar, a los cerebros, porque los inútiles que se explotaron el viernes son sólo gente patética que jamás encontró sentido a la vida. Y los cerebros volverán a encontrar eslabones frágiles a los que amaestrar, desgraciadamente. 

Quiero aprovechar el alcance de este blog para corregir algunas informaciones primero. Hay imágenes que corren por internet que no son ciertas. La torre Eiffel se apaga cada noche a la una de la madrugada por ejemplo. Esa foto que corre con la torre apagada el viernes por la noche no tiene nada de especial, ya que la iluminación de la torre se enciende al caer la noche (la hora exacta va cambiando durante el año) y se apaga también todas las noches a la una.

 

Torre Eiffel

 

El Empire State Building neoyorquino no se iluminó con los colores franceses el viernes tampoco, la foto es de enero pasado. La foto del Bataclan desde dentro durante el concierto es un fake también, esa foto es de Dublín y no de París… La verdad es que me pregunto cuánto de lo que leemos todos los días es cierto, viendo como he visto las últimas 48h una cantidad de informaciones erróneas respecto a París y lo que ha pasado… Son tonterías sin importancia dadas las circunstancias, pero quería aclararlo. 

Y lo segundo que diré es gracias, gracias de corazón. Evidentemente, mi familia y amigos llevan dos días pendientes de mis movimientos, y me diréis que es normal: pues no lo es tanto… La verdad es que no sabía que tanta gente podía pensar en mí. Vale, la familia es normal, los amigos cercanos… Pero no me hubiese imaginado que tanta gente iba a intentar contactar conmigo: la amiga que te llama de Madrid a medianoche porque está que no se lo puede creer, la tía que te dice que se va a misa en Montevideo a rezar por ti hoy, la otra amiga que desde Estados Unidos te dice que va a llamarte a una hora decente, los amigos de Barcelona que son los primeros en darte la noticia: “Ella, he oído lo de los tiroteos en París, ¿estás bien?” (fue así cómo me enteré), los amigos en Londres que se sienten afectados casi directamente y que saben que lo mismo puede pasarles en cualquier momento, los admins de Diario AM que te fusilan a preguntas porque quieren asegurarse que estás bien y luego te fusilan a preguntas para saber qué está diciendo Hollande por la tele…

Y luego vosotr@s, lectoras y lectores anónimos, la gente de Twitter… La cantidad de mensajes que he recibo por Twitter, por Telegram y por este blog ha sido absolutamente impresionante. He tenido menciones, mensajes privados en Twitter, gente con la que hablo a menudo y gente con la que no hablo nunca… He leído todo lo que me habéis dirigido, aunque no haya podido contestar porque estoy sin poder explicar muy bien cómo me siento… Y pensareis que un mensaje por Twitter no significa nada: gran error. ¡Significa todo!

 

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Significa que existimos los unos para los otros. Significa que no somos anónimos. Significa que somos humanos. Significa que somos mejores que los monstruos que han provocado este inmenso dolor, dolor que no se irá NUNCA. De la misma manera que sigo sin olvidar los rostros de los diecisiete asesinados en enero pasado, no voy a poder olvidar los rostros de las víctimas del viernes. Llevo 48h viendo en Facebook pasar los posts de los familiares desesperados buscando a sus seres queridos, porque os podéis imaginar que aunque (de momento) no conozca a ninguna víctima directa, desgraciadamente tengo amigos de amigos muertos, con cara y nombre. Ver desde el sábado por la mañana a las familias desesperadas buscando un rayo de esperanza, y empezar a ver los posts el sábado por la noche y esta mañana donde uno a uno se ha confirmado que están todos muertos… No hay ni uno que esté en el hospital sin teléfono, o inconsciente… No, están todos muertos, todos los rostros que empecé a ver ayer por la mañana. No se ha salvado ni uno, ni una. Y eso es algo que se te queda para siempre. 

No quería acabar sin decir que todas las víctimas cuentan, no sólo las de París. Ha habido muchos muertos últimamente (el avión ruso en Egipto, atentado en Beirut, Bagdad…), y desgraciadamente hay países enteros en guerra, donde pasan atrocidades, y no movemos un dedo. Perdonadme que sea egoísta, pero esto ha pasado en la puerta de mi casa, y es por eso que sin quitarle valor a las vidas segadas en otros sitios, os digo que lo de París me afecta más profundamente. Son dos veces en un año, y para alguien que tuvo la suerte de nacer en España una vez acabado el franquismo, pues todo esto me supera, sentir que estamos en estado de guerra, que la próxima vez quizás James Bond no me salva. No es la guerra de Siria, o de Sudán del Sur, o de Afganistán… Es otra guerra diferente, la guerra del caos en un país civilizado.

Me gustaría recuperar algo que escribí en enero pasado y pegué en los comentarios de mi artículo justo después de lo que pasó en Charlie Hebdo, Montrouge y Vincennes. Esta vez lo voy a poner en el post, porque no me siento capaz de volver a escribir cómo me siento. Perdonadme la autocita, pero he vuelto a leer lo que escribí y es tal cual lo que siento, de nuevo. Es un “déjà vu” en toda regla… Y la verdad es que la próxima vez que estos energúmenos tengan ganas de atacar espero que no escojan París, que no escojan ninguno de los lugares donde vivís todos vosotros. De hecho, ¿por qué no escogen el patio de sus casas, vacíos, eh? Qué suerte tenemos de haber recibido un mínimo de educación y no acabar como ellos…

Lo que escribí en enero sigue totalmente de actualidad:

 

La dama muda 

París siempre ha olido a Edith Piaf, a su grito del corazón, a su cri du coeur. París es esa ciudad complicada, muy complicada, esa ciudad donde a veces uno se ahoga, se empuja, s’engueule…

Pero París, aunque es una dama complicada, también es esa dama elegante, amada hasta la locura por sus habitantes, esa dama que es capaz de lo peor pero también de lo mejor. Es esa dama que impertérrita se ilumina cada noche desde la torre Eiffel. Es esa dama que se viste de gala cada 14 de julio. Es esa dama que sonríe con insolencia desde el museo del Louvre. Es esa dama bulliciosa que habla de sus vinos con un orgullo más que justificado. Es esa dama que pasea por el Marais entre el orgullo gay y las tiendas judías. Es esa dama que asiste a los grandes acontecimientos de la Historia desde los ojos de Quasimodo en Notre Dame. Un poco más abajo es esa dama que te sirve un té delicioso en el Instituto del Mundo Árabe, a dos pasos de la mezquita. También es esa dama que vigila desde el Arco del Triunfo, o desde las colinas de Montmartre. Es esa dama que se deja bañar por el Sena desde antes de su nacimiento. Es esa dama lluviosa, de cielo gris, de grandes ventiscas, que de pronto un día se burla de ti con un maravilloso momento de sol que ilumina todo y lleva a sus habitantes a sentarse en las terrazas a admirar y ser admirados. Y es que la dama parisina es toda una voyeuse de primera línea, la muy insolente. 

Esta dama, querida y criticada a partes iguales, actitud tan francesa como un croissant au beurre, lleva tres días muda. París es una dama a la que nadie hace callar, y sin embargo lleva tres días muda. Sus habitantes no salen a la calle, el metro viaja con una inesperada baja afluencia, se anulan las citas, los niños se quedan en casa, se baja la voz, se sonríe a desconocidos diciéndoles que vayan con cuidado, se rastrean todos los medios de comunicación para saber dónde y cuándo ha pasado algo, se multiplican las llamadas angustiosas a los seres queridos cuando se oye cualquier cosa fuera de lo normal…

La dama parisina está muda y herida. Ha perdido a diecisiete de sus habitantes. De los tres virus mortales que le infectaban ya se ha olvidado, pero no de sus diecisiete hijos. Esos diecisiete hijos París no los olvidará. París se ocupará que sean sus nombres los que pasen a la posteridad, no el de los tres virus mortales que ya ha olvidado. París pide que sus habitantes olviden también a los virus, pero que recuerde para siempre a los diecisiete vecinos que ya no van a recorrer sus bulliciosas calles. París necesita detenerse en silencio, la dama necesita respirar antes de tomar impulso.

Pero París volverá a vivir.

 

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París ha sobrevivido a toda clase de revoluciones, de guillotinas, de problemas de todo pelaje. Ha sobrevivido a una ocupación, ha sobrevivido a las crecidas de un Sena que una vez cada cien años se empeña en mostrar su cara más horrible, ha sobrevivido a la llegada de nuevos vecinos de todos los colores, credos y continentes.

París siempre ha sobrevivido a la foule. Mañana no será diferente. Por ello, elegante e insolente dama parisina, respira todo el tiempo que te haga falta. Llora a tus diecisiete hijos. Cierra las heridas en Richard Lenoir, en Vincennes, en Danmartin y en cada calle donde haya un parisino que no se atreve todavía a seguir viviendo. Las cicatrices siempre estarán allí pero, dama parisina, tú sabes llevar como nadie las cicatrices y convertirlas en algo bello. Confiamos en ti.

Y cuando te sientas lista de nuevo, deja que Piaf vuelva a pasearse por tus calles con su cri du coeur. Déjanos olerte de nuevo París, porque te echamos de menos. Mucho.

 

C’est pas seulement ma voix qui chante.

C’est l’autre voix, une foule de voix,

Voix d’aujourd’hui ou d’autrefois,

Des voix marrantes, ensoleillées,

Désespérées, émerveillées,

Voix déchirantes et brisées,

Voix souriantes et affolées,

Folles de douleur et de gaieté.

 

 

Hoy ha sido fácil

¿Quieren callarnos? ¿Quieren hacernos sufrir? ¿Quieren decirnos que no podemos escuchar música? Pues hoy también habrá video de despedida. Nadie nos impedirá disfrutar de la vida.

Una de las razones por las que quise venir a vivir a París fue la lectura de “Los Miserables”, de Victor Hugo. Ello me llevó a interesarme más y más en Hugo, y se convirtió en uno de mis escritores preferidos. Su vida fue súper interesante, tuvo que exiliarse porque decía cosas incómodas a los que estaban en el poder, empezó muchos debates que siguen hoy vivos… Por ejemplo, Hugo decía que para vaciar las cárceles había que llenar las escuelas, y esas palabras cobran especial relevancia en un día como hoy. Cuando murió su funeral fue seguido en directo por miles de personas, y es uno de los primeros funerales fotografiados que existen. 

Pues bien, muchos años después alguien decidió hacer un musical con la historia de “Los Miserables”, un musical duro y triste, pero magnífico al mismo tiempo. Ya sé que nunca os miráis mis videos, pero si os digo que ayer, pensando en este post, me vino inmediatamente a la cabeza la canción perfecta para cerrarlo… Aquí tenéis el video (podéis activar los subtítulos en castellano), para que entendáis a la perfección todo el mensaje, más que nunca de actualidad. Que se enteren los monstruos de todo el mundo de la respuesta de París. La vida continua mañana. 

Liberté, égalité et fraternité! Vive la France!

 

 

 

 

 

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Aportación Propia
Ella

Desvariando semanalmente desde París (Francia). Y "echar" va sin h. Todo empezó en octubre de 2009, justo antes de mudarme a vivir a París. El hermano pequeño de mi mejor amiga me dijo "tienes que visitar un blog muy divertido…". Y aquí estamos unos años después, de administradora y dominadora del mundo, contando cada domingo batallitas varias ("yo he venido aquí a hablar de mi libro", que decía aquél). Aviso para navegantes: mis posts se han de leer con el sentido del sarcasmo incorporado si se quiere disfrutar de la experiencia completa. Y el deporte femenino existe.

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