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Grandeza – Crónica Diario AM – 08/06/2015

Grandeza – Crónica Diario AM – 08/06/2015
Anz

Comenzar un escrito en tales circunstancias como las que nos rodean estos días, después de lo sucedido en el vetusto estadio berlinés, se hace empresa complicada y a todas luces injusta. Así a vuelapluma, entre emociones y reflexiones, definir algo tan extenso como grandioso, encontrar las palabras acertadas que configuren un todo tan redondo como la gesta lograda, me parece sencillamente inabarcable y fuera de mis capacidades.

Llegar a representar la excelencia sino es a través de la misma, con el mismo lenguaje que une todas las artes, a la inmortal esencia que se adquiere siendo único y universal al mismo tiempo, escapa a mi control, así de simple. El solo hecho de planteártelo hiela los dedos y marea las ideas. Se necesita un gigante de las letras para esto, un pensador y literato sin igual, nacido con el don de la poesía y los recursos de la narrativa, la clarividencia y la definición, uno de esos que nacen cada medio siglo porque únicamente un genio que se mueva en idénticos registros puede hacerle justicia verdadera. Aún así debo intentarlo, por más bajo que quede este relato, porque la grandeza merece ante todo ser replicada una vez contemplada.

Seguramente Platón habría sostenido que el concepto mismo de grandeza existía antes que todos nosotros llegáramos y que lo único que hicimos fue poner nombre a lo que ya nos precedía. No debe faltarle algo de razón cuando la mayoría la reconoce al vislumbrarla independientemente de los caminos que los llevaron hasta allí. El efecto es demoledor, se graba en la retina por siempre, se marchitan las hojas en el otoño de la vida y se van desvaneciendo muchas cosas que nos hacían soñar, mas quedan los recuerdos, suaves y cálidas caricias de la memoria.

Supongo que este es el único referente, me refiero a la grandeza, al cual se han podido acoger a lo largo del tiempo todos los testigos de los mayores acontecimientos que nunca sucedieron. Me refiero a que uno debe estar atento y entender las dimensiones que abarcan unos hechos concretos para enmarcarlo desde el presente inmediato en la futura eternidad. Razonar el impacto y las consecuencias a posteriori que implican a partir de ese instante en que ha sucedido. Solo así se puede comprender que se está en la suerte de presenciar un suceso histórico que entrará en la feliz memoria colectiva del resto de mortales que después lleguen.

Todos conocen la leyenda ya, de carrerilla entre Johan y Pep. Las mejores palabras ya fueron vertidas para gloria suya, los honores y laureles colocados con merecimiento y los ladridos de los necios comienzan a languidecer en ecos terminales y agónicos. La sala de trofeos un cementerio de elefantes donde todos los títulos que existen deciden acabar en él sus días, el legado cultural de una forma de entender la vida y el deporte.

Y el estilo. El cuño de identidad, el emblema, el tótem de la tribu. Con él se vive y por él se muere. Vientre de dignos vástagos, continuistas del modelo, comunión entre las dos partes del todo, jugador y seguidor, respiran y sienten igual. Es tan improbable alcanzar algo así que ya da añoranza aunque todavía no haya desaparecido.    

Pero llegará el día en que todo esto quede bien lejano, en el que estaremos echando cuentas de lo que hemos vivido. Quizás para entonces ese ideal ya no esté entre nosotros. Se habrá secado como sucede con casi todas las cosas y el polvo de lo que fueron sus huesos viaje a través del viento susurrando palabras épicas. Palabras tan sólo escuchadas por unos pocos viejos que aun queden, que aun respiren y recuerden, que aun sonrían y lloren cada vez que abran el cofre de sus memorias, llenos de tesoros preciosos y dolorosos. De entre muchos de aquellos saldrá uno en particular, uno que hablará de la pelota, de goles, del juego. Y sobre las millares de imágenes se alzarán rutilantes las memorias de esta época, nítidas, sin mácula, perfectas.

Nunca asistimos al pasado, ni llegaremos al futuro, pero en este preciso instante no es necesario ninguna de ambas cosas para concluir que jamás el mundo asistió ante nada semejante y probablemente lleve demasiado para que algo se le iguale. A estas pretenciosas palabras las flanquean las formas y el fondo, los resultados y el juego, sin parangón dentro del súper profesionalizado deporte y espectáculo que es hoy en día. Y todo ello dentro de un aura especial, única y mediterránea.

Roma fue barrida y con ella la luz que iluminaba al mundo, pero siempre perduró su idea, ninguno entre nosotros estuvo allí pero la conocemos, durante los siglos se transmitió su esencia, para que los hombres del futuro siempre supieran que una vez hubo grandeza en el mundo y que si una vez existió algo como aquello, siempre será posible que aparezca de nuevo. Esta es la herencia del Barcelona, este es su legado para las próximas generaciones, algo que sobrevivirá por siempre en las memorias para alentar los corazones. Esta es la inspiración que llenará de valor los deseos de los atrevidos, de los románticos, la pizarra de la escuela de entrenadores, los nombres que coparan las listas de mitos clásicos, la referencia para todo, la vara con que se medirán los que luego vendrán.

El pasado sábado algo se quebró en la Historia. Ese viejo y gordo libro abrió perezoso sus hojas y se plantó en la última de todas. Con dorados trazos, el capitulo más ilustre del balompié terminó de redactarse con una palabra final, la que lo resume todo.

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