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LA DICTADURA DE LOS MEDIOCRES (By Bender)

LA DICTADURA DE LOS MEDIOCRES (By Bender)
Moebius

¿Quién no ha pensado alguna vez que aquellos que ostentan el poder —al menos las caras visibles—, sea político, económico o de cualquier otra índole, no son más que un atajo de incompetentes que han medrado, bien por herencia, bien por chanchullos, o simplemente por tener buenas tragaderas, antes que ganárselo a base de esfuerzo y talento? ¿Quién no ha visto cómo en su trabajo se premiaba antes al pelota que al que ha hecho méritos para estar en un escalafón superior? ¿Quién no ha sufrido comentarios en su contra por limitarse a exponer un argumento que choca con el pensamiento único imperante y que, por tanto, no puede ser rebatido?

En muchas capas de la sociedad impera la mediocridad más absoluta, pero no es una mediocridad llevada con modestia, sino que se luce con orgullo, haciendo ostentación de la misma sin un mínimo atisbo de rubor. Este sujeto mediocre que medra a nuestro alrededor chilla, patalea, abronca, prejuzga, señala y acusa, aún sin pruebas, a sabiendas que hay muchos otros como él que aplaudirán sus palabras en una suerte de estupidez gremial. Ser mediocre no tiene ningún demérito de por sí, el problema aparece cuando este mediocre ostenta algún tipo de poder y, lejos de rodearse de personas capaces que le ayuden con su tarea, se rodea de una camarilla de mediocres como él para no sentirse inferior. El mediocre es egoísta, envidioso, vulgar, suele tener delirios de grandeza y recela de todo aquel que pueda despuntar por méritos propios.

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Esta fábula dibuja muy bien el perfil del sujeto mediocre:

“Un ventrudo sapo graznaba en su pantano cuando vio resplandecer en lo más alto de las toscas a una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su propia impotencia, saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿por qué me tapas? Y el sapo, congestionado por la envidia, sólo acertó a interrogar a su vez: ¿por qué brillas?”

La fábula de la luciérnaga y el sapo viene recogida en el libro El hombre mediocre, un largo ensayo del escritor argentino José Ingenieros, un hombre del renacimiento en el Buenos Aires de principios del siglo XX. Médico, psiquiatra, criminólogo, farmacéutico, filósofo, masón, incluso docente, Ingenieros escribió sobre la sociedad de su época, siempre en tono crítico, denunciando aquellas conductas que impedían avanzar a su nación. Hay que mirar sus escritos con perspectiva, algunas de sus ideas nos pueden parecer elitistas a día de hoy, pero el retrato que hace del mediocre de su época no dista mucho del que soportamos en la actualidad, y eso que ha pasado cerca de un siglo.

Según Ingenieros, El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad […] No viven su vida para sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en la opinión de sus similares. Trocan su honor por una prebenda y echan llave a su dignidad por evitarse un peligro; renunciarían a vivir antes que gritar la verdad frente al error de muchos.”

El mediocre necesita de otros para poder dar rienda suelta a sus prejuicios, que no hacen sino delatar su condición de acomplejado. Unos pocos mediocres pueden resultar molestos, pero poco peligrosos. Muchos mediocres juntos, bailando todos al mismo compás, acaban formando una enorme bola de intolerancia y resentimiento que se lleva por delante cualquier intento de razonamiento crítico. En palabras de Ingenieros:

“Aunque aislados no merezcan atención, en conjunto constituyen un régimen, representan un sistema especial de intereses inconmovibles. Subvierten la tabla de los valores morales, falseando nombres, desvirtuando conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es lirismo la justicia, la sinceridad es tontera, la admiración una imprudencia, la pasión ingenuidad, la virtud una estupidez…”

Bienvenidos a la dictadura de los mediocres.

Según Ingenieros, “toda sociedad en decadencia es propicia a la mediocridad y enemiga de cualquier excelencia individual; por eso a los jóvenes originales se les cierra el acceso al Gobierno hasta que hayan perdido su arista propia, esperando que la vejez los nivele, rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes a su grupo social.”

Asusta lo actual que suena, ¿verdad? Estas líneas del ensayista argentino parecen estar describiendo nuestros males: jóvenes sobradamente preparados que tienen que emigrar al no encontrar aquí oportunidades para demostrar su valía, y los que no emigran, se ven sometidos al yugo impuesto por aquellos que creen que la valía es un bulto sospechoso del que hay que librarse cuanto antes. El método: trazar una línea de mediocridad que no pueda ser franqueada. Esta castrante uniformidad se consigue domesticando al idealista a base de amenazas, aburriendo al ingenioso a base de rutinas, obstruyendo al que empuja desde abajo con zancadillas burocráticas.

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No se preocupen, este no pretende ser un escrito político. Pese a los múltiples ejemplos que encontraríamos en todos los ámbitos de la sociedad, me centraré en los que están relacionados con el deporte, que no son pocos.

El deporte de élite se ha convertido en un suculento pastel para numerosos comensales, deseosos de hacerse con un pedazo del mismo. Por cada deportista hay representantes, responsables federativos, patrocinadores, organizadores de torneos varios, concejales, consejeros y ministros de deporte, amén de otra suerte de avispados “conseguidores”, siempre dispuestos a sacar tajada. También hay deportistas mediocres, unos cuántos, pero estos al menos compiten, que ya es más de lo que pueden decir toda esa ralea de chupópteros que viven del esfuerzo ajeno. Que no se me entienda mal, al igual que hacen falta deportistas, es necesario que hayan gestores del deporte, si no todo sería quedar con los amigotes a celebrar un partido de solteros contra casados. Estos gestores deberían ser invisibles, dejando el protagonismo a los deportistas, que son en definitiva los que “sudan la camiseta”, sin embargo, pretenden equipararse con los héroes de la era moderna, compartiendo foto con ellos, cuando no apartándoles de la misma.

El mediocre más ambicioso llega a ser presidente de algún estamento deportivo, y es allí dónde deja patente su condición de acomplejado, pretendiendo tapar con el supuesto brillo de su gestión el mérito de los deportistas. Florentino Pérez sería el ejemplo que se nos vendría a muchos a la cabeza. Político frustrado, empresario de éxito, o eso nos cuentan, basta verle en las multitudinarias presentaciones de jugadores, en las que actúa como un telepredicador que transmite el mensaje divino, sintiendo como propio cada aleluya del entusiasmado público asistente. En estos ritos paganos, el protagonista no es el presentado sino el presentador. Mediocre es Sandro Rosell, un tipo con buena mano para las relaciones públicas, pero pésimo comunicador e incapaz de solventar las complicaciones derivadas de su gestión. Su sucesor en el cargo es una copia de él, aún con menos carisma, que ya es decir. Otro ilustre mediocre con ínfulas de grandeza, José Luis Sáez, presidente de la FEB, que quiso atribuirse el éxito de la generación de oro del baloncesto español, y en un alarde de nepotismo, nombró como máximo responsable de la selección a Juan Antonio Orenga, un ex jugador que apenas había ejercido como entrenador. El resultado es de sobra conocido. Consecuencias para Sáez: ninguna, sigue en el cargo. Y qué decir de Joseph Blatter, presidente de la FIFA, cuya “chispeante” actuación frente a unos estudiantes en Oxford trajo consigo el vergonzoso repescagate. La lista es interminable.

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Un caso de libro de mediocre que llega al poder y una vez allí decide quedar por encima de los deportistas, lo tenemos en la figura de Pedro Muñoz, presidente de la Federación Española de Tenis entre los años 2005 y 2009. Corre por internet una biografía de este tipo que no tiene desperdicio. Según la misma, aparte de ser un empresario visionario, Muñoz se caracteriza por haber aupado el tenis español y sacarlo de su hábitat natural, la tierra: “ [Muñoz] fue uno de los promotores de la transgresión de nuestro tenis, desde las pistas de tierra, al resto de superficies En aquellos años nuestros tenistas prácticamente se limitaban a la temporada de tierra y exhibiciones nacionales no oficiales, era frecuente que perdiéramos con países como Dinamarca, jugando en su superficie y con jugadores de ranking 300 del mundo y desde el nivel del mar al interior. Con dicha teorías nuestros tenistas comenzaron a salir de la tierra y a obtener resultados en otros lugares.” http://www.asibtenis.com/cv_p_munoz.pdf

Es decir, gente como los Sánchez Vicario, o Sergi Bruguera, o Conchita Martínez no fueron los responsables con sus triunfos, en aquella España que comenzaba a desperezarse, de que muchos chavales optasen por dedicarse al tenis en detrimento de otros deportes. El mérito es de las teorías de Pedro Muñoz, deportista de sillón.

Muñoz tuvo el dudoso honor de enfrentarse públicamente con los tenistas españoles Rafael Nadal, Juan Carlos Ferrero, David Ferrer y, sobre todo, Carlos Moyà, con motivo de las semifinales de Copa Davis del año 2008 que se disputaba en sede española. Muñoz eligió Madrid sin consultar con los tenistas, que preferían jugar más cerca del nivel del mar: “los jugadores y el seleccionador hemos sido, una vez más, engañados al no haberse cumplido la promesa de defender y en su caso aprobar las condiciones preestablecidas por nosotros para no dar ninguna ventaja a nuestro rival” (extraído de la carta que presentaron los tenistas a los medios). http://www.rtve.es/deportes/20080507/tenistas-espanoles-se-plantan-ante-federacion-polemica-davis/46250.shtml

Muñoz ya había vendido todo el pescado. Es de suponer que hizo muchas promesas a nivel palco de las que no podía echarse atrás a esas alturas. Lejos de intentar buscar el consenso con los jugadores, avivó el fuego. Criticó la postura de los tenistas y el entrenador y se dedicó a mandarles extraños y amenazantes SMS. Les dejo un extracto de una conversación con Carlos Moyà. Juzguen ustedes mismos (los errores ortográficos son de origen, cuesta un poco de leer, pero es un documento impagable):

Pedro Muñoz: “[…] Saludos cordiales y hasta luego lucascomo si estuvieramos en australia cuando nos asomabamos a alguna final pque. talentosillo si eras no dicen ya lo mismo como ejemplo los que te conocen.”

Carlos Moyà: “Jejeje,como presi no serviras pero reconozco que como humorista te sales pq lo q nos haces reir cuando sales hablando no tiene precio, por favor no dejes de hacerlo.”

PM: “[…] Como todos los que me quieran quitar de presidente tengan la misma fuerya que tu teneis para reiros tres generaciones de moyas y tv tranquilo que no te va a faltar para reirte cada semana!”

CM: “Trankilo que cuando llegue mi momento para irme lo hare,y no me arrastrare como tu,soy consciente que nada es eterno y entiendo que siendo el numero 13 del mundo no me ha llegado la hora,aunke tambien entiendo q debe ser poco comparado con tu ranking de numero 1 mundial de la mentira y el choriceo…”

PM: “carlitos carlitos se un poco divertido.cuanto os agradezco lo que me motivais larga vida me asegurais como presidente gcias de nuevo por favor pque ahora que te queda todavia un poquillo de fama no te prestas para hacer la campaña de la oposicion!con la suerte y seguridad que me dais!si solo con lo de estos dias y la respuesta del tenis me habeis asegurado otros cuatro años! […] si me hubieras conocido antes lo que te hubieras divertido y encima hubiera ido a verte algun partido mas que aquel master que perdiste con alex despues de ir ganando dos sets a cero.”

http://estaticos.elmundo.es/documentos/2008/05/14/sms_munoz.pdf

La semifinal acabó disputándose en Madrid, con victoria española sobre EEUU por 4 a 1. La gran final se disputaría en Mar del Plata, sede del equipo anfitrión, Argentina. El mejor jugador del momento, Rafa Nadal, no jugaría por lesión. Contra todo pronóstico, Fernando Verdasco y Feliciano López ganarían los partidos que permitirían que la ensaladera volviese a España. ¿Aprovechó Pedro Muñoz para limar asperezas después de aquel agónico triunfo? ¿Se quedó en segundo plano y dejó la gloria a los verdaderos protagonistas? A tenor de lo que indica su biografía personal, parece que se apuntó el tanto: “Como ejemplo [de sus teorías] importante y significativo, hemos ganado la única Copa Davis obtenida jugando fuera de casa, en Argentina, que jamás se había realizado y con dos madrileños entre los cuatro jugadores que formaron la selección española.”  

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No podían faltar en nuestra lista los periodistas deportivos, que en su mayoría tienen poco de deportivo y aún menos de periodista. El cuarto poder, aquel que vigilaba los otros tres estamentos para el correcto cumplimiento de las leyes, se ha convertido en un mero vehículo de transmisión de la ideología imperante. Si a nivel político y económico la deriva del periodismo hacia posiciones dependientes del poder es preocupante, a nivel deportivo, la simbiosis entre periodismo y poder alcanza cotas de tragedia. Leyendo nuestros medios deportivos podría decirse que se trata más de una parodia, de una sátira viendo el nivel de los escritos y los plumillas que los perpetran, pero el resultado final entronca más con la tradición de la tragedia, porque es trágico constatar a qué abismos de putrefacción moral son capaces de llevarnos la caterva de mediocres que pueblan la mayoría de dichos medios. Envidiosos ególatras, incapaces de sentir el más mínimo de empatía por los deportistas que están criticando, y aún menos por el público que puede sentirse violentado por sus incendiarios escritos; orgullosos ignorantes a los que no parece importar que la tozuda realidad les demuestre una y otra vez que se equivocan; peligrosos pregoneros que dan por buena cualquier noticia si esta beneficia a sus intereses; cínicos hasta la náusea, ventajistas y aprovechados, los periodistas mediocres deciden qué está bien y qué no, en base a su muy parcial punto de vista. Al ser mayoría aplastante en los medios deportivos, su sesgadísima opinión se acaba convirtiendo en dogma. Para un Rubén Uría que intenta defender los ideales periodísticos, hay diez Ronceros haciendo ouija. Para un Perarnau que aplica análisis, rigor y distancia a sus escritos, hay veinte Pedreroles propagando falsos vaticinios que nunca rectifican una vez se demuestra su falsedad. Para una Mónica Planas que denuncia las dudosas prácticas de la mayoría de sus compañeros de profesión, hay cien profesionales de la bronca dispuestos a sembrar cizaña por doquier todos a una. Y están encantados de conocerse y saberse superiores en número, por eso cada vez disimulan menos e incluso en los informativos encontramos opinión mezclada con información. Informar requiere buscar fuentes, contrastar noticias, cotejar datos… en definitiva, hacer periodismo; en cambio, opinar sólo requiere de una cámara y uno o varios tipos haciendo ruido. Es obvia la opción que elige el mediocre.

Hay un último culpable de que esta insurrección haya acabado en dictadura: el espectador/lector/oyente que sigue estos medios y da pábulo a las informaciones que desde ellos se vierten. José Ingenieros ya lo aventuraba en el lejano 1913: “La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos pueden escucharla sin indignarse; moriría si ellos no le hicieran una atmósfera vital. Ése es su secreto.” ¿Es la sociedad mediocre de por sí y los medios sólo actúan de espejo de la misma, o acaso los medios tienen tal poder que pueden influir en la capacidad de juicio de los individuos que conforman ese ente abstracto llamado sociedad? Yo diría que ambas opciones se retroalimentan mutuamente.

¿Está todo perdido acaso? ¿Nos conducen los pregoneros de Hamelín (llamarles flautistas sería reconocerles un don musical) como ratas hacia el despeñadero de la mediocridad absoluta? No mientras existan idealistas que luchen por sus convicciones con esfuerzo e ilusión porque, como aseguraba Ingenieros: “Ningún contratiempo material desvía al idealista. Si deseara influir de inmediato sobre cosas que de él no dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse con la imaginación, mirando cada vez más hacia su interior. El que sirve a un ideal, vive de él; nadie le forzará a soñar lo que no quiere ni le impedirá ascender hacia su sueño.”

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PS: me ha parecido apropiado acompañar los textos de José Ingenieros con las ilustraciones de otro artista argentino, el imprescindible Quino. Gracias maestro.

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