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Crónica 05/20/2014 – La cultura de la muerte

Crónica 05/20/2014 – La cultura de la muerte
Gimme

El Burgo es una ciudad de fantasmas integrados. Forman parte de ella de forma natural, sin misticismos ni cultura del reposo eterno. Están presentes en parques, bancos, estatuas y calles. La cultura de la muerte al norte del norte poco tiene que ver con la concepción mediterránea de la misma.

La cultura de la muerte. Un término tan relevante, tan absoluto y a la vez tan evitable que rara vez nos paramos a pensar en ella hasta que una distinta nos desconcierta con toda su presencia. En el Burgo, el luto, el silencio (sepulcral, y no por casualidad) y las cruces torcidas, tan mediterráneas, se horrorizan con la capacidad de integración de la muerte en la ciudad. En tu camino por ella, puedes encontrar varias decenas de bancos diseminados por parques, paseos y edificios. De cómodas dimensiones, y de una madera más acogedora que cualquiera de las últimas tendencias posoligofrénicas de los urbanistas de vuestro pueblo (sí, ese que decidió también que los tonos pastel quedarían bonitos en edificios históricos, que todavía no ha acabado Arquitectura tras quince años y cuyo cargo nada tiene que ver con lo de ser primo segundo por parte de madre del alcalde), cumplen como servicio público y a la vez como estimado recuerdo, ya que cada uno de ellos lleva una placa in memoriam bien legible en el centro.

No es el único caso. Como cualquier otra ciudad que haya crecido constreñida por sus murallas, las estructuras tienden a amontonarse en vertical, dejando en los bajos fondos las últimas pruebas vivientes de la ciudad anterior a ella, y en más de un caso a modo de sólido estamento histórico. Los cementerios no se encuentran en las afueras, apartados en su paz eterna, si no que sus accesos pululan libremente por calles céntricas, convirtiéndolos muchas veces en lugares de paso y, para horror de los aficionados a las visitas bianuales, un lugar donde descansar al nivel de cualquier otro parque. Las lápidas son grandes y ricas en grabados. Incluso un perro, enterrado con su amo y cuya vigilia duró años, tiene su propia estatua dedicada a la entrada de uno de ellos. Por último,  las dedicatorias en árboles (y en algún que otro caso piedras), las estatuas a grandes benefactores culturales  y los homenajes derivados de la paz eterna son más difíciles de ver, pero no por ello están menos presentes.

Y sin embargo, se mueve. La ciudad está inundada por almas jóvenes en su constante trasiego estudiantil, inmobiliario o de interés más prosaico (véase la última oferta de dos por uno en cerveza negra  en el supermercado de la esquina del final de la avenida). Se quiere y se odia en el transcurso de un sábado noche, se vive y se muere a cada noche y cada mañana, siempre subyugado de forma radical al clima, tan cambiante como inclemente. Vida y muerte forman, sobre un mismo plano, una coexistencia pacífica que se retroalimenta a partes iguales de inspiración y vitalidad.

La cultura de la muerte. No es de extrañar que  con la nuestra nos guste tanto el fútbol, y los deportes en general. Morimos y matamos con todo nuestro ser en relación a él, ¿cómo no iba a ser el culmen de tantas emociones, como no iba a tener ese estatus de intocable pese a todo?

Matamos jugadores. Matamos entrenadores. Matamos aficionados, periodistas, presidentes, doctores, agentes y comentaristas, y menos mal que el utilero es listo y no se pone a tiro. Pero el proceso no está exento de automutilación.

¿Es el fútbol una de las pocos medios fiables en esta existencia para enterrar educaciones, sentidos críticos, respetos, tolerancias y objetividades en lo más profundo de nuestro ser y poder al fin, tras media o una semana, gritárselo todo al viento, o a quien nos lo quiera soportar? Sí. Lo único que se desentierra es el hacha de guerra. Y todos encantados.

¿Acaso aún después de ese primer entierro, no tenemos ya sed de sangre y cualquier otro puede ser objeto de nuestras iras, sea un linier, un rival o alguien de nuestro propio equipo? Pues claro que sí. En algunos casos, es la única razón de ser del deporte. Morir y matar. Y lo bien que sienta.

¿Acaso este proceso es inherente, necesario, e inevitable como la vida misma para sacarle el máximo provecho al rey de los deportes? Tengo mis dudas. Porque no sé a otros, pero por mucho que me desgañite y racionalice como el forofo más incombustible, siempre tengo como una comezón interna que no me puedo rascar, algo que martillea incesante cada vez que alcanzo a oírme. “Eso era fuera de juego, deja de dar botes”, “No ha sido penalti”, “Piscinazo de mi delantero”, “Eso era roja”, “¿Me he dejado el coche abierto?” y “La verdad que hoy no merecíamos ganar” son algunos de los favoritos del público.

A lo mejor no sería mala idea imitar al Burgo. No todos podemos tener un castillo que gobierne todos sus rincones desde cualquier punto de la ciudad. Pero podemos integrar muerte y vida con la misma naturalidad que ella, en un cuadro en el que resulte más fácil convivir que inclinando la balanza  permanentemente, no vaya a ser que acabemos en un artículo de Larra. En realidad, puede que sea la única solución plausible para entender lo que de verdad es el deporte.

 


 

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Mi inciso final va en apoyo de la selección femenina de baloncesto, que esta tarde-noche (20.15) se enfrentará (esta vez sí, será la falta de gafe) a la todopoderosa EEUU por el trofeo mundial del deporte de la pelota naranja, en lo que podría ser un nuevo hito para el deporte femenino español que será de nuevo ninguneado a varios niveles antes de su desenlace final.

 

Ella estará con todos vosotros como de costumbre el domingo que viene, agradecedle a ella (/humor) en todo caso (si lo es) que esta suplencia exista, que cualquiera le quita una idea de la cabeza una vez se le sitúa entre ceja y ceja.  Si lo que agradecéis es la ausencia de musicales en este post dominguero, sabed que no estáis solos en el universo. Para cualquier otra cosa, estaré en mi camerino el resto del día, y creo que poco más.

P.D. El gallifante de oro será para quien adivine de qué ciudad hablo en el post. No es una cerveza imposible de Kiasyd, pero por dar salero que no falte.

¡Feliz domingo y final de jornada!

Nick Cave & The Bad Seeds – Supernaturally 

Gimme/Diario AM

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"When the seagulls follow the trawler, it is because they think that sardines will be thrown into the sea"

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