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Crónica Diario AM – Asedio

Crónica Diario AM – Asedio
Anz

Vista al frente y un muro de contención ante tus ojos. Como férreo contingente hoplita, el rival decide presentar batalla en un paso estrecho y plagado de emboscadas. Ganar un metro entre ese bosque de lanzas ya es la victoria del día, pero es poco celebrada, carece del brillo del combate sin par, de la belleza de la estrategia ejecutada con talento.

El asedio suele producirse cuando uno de los dos bandos decide que es mejor no presentar batalla mientras el otro no puede permitirse el no tenerla. Tantas veces repetido, siempre asociado a la heroica, como un puñado de unos pocos consigue aguantar en pos de la supervivencia hasta el extremo de unos límites que no conocían. En las mentes que estudian los hechos pasados siempre se ha generado una fascinación por esos condenados sin esperanza, por aquellos que en una actuación que roza el fanatismo que solo da en el abismo que se cierne ante la muerte, realizan una hazaña que les sobrevivirá a posteriori.

Termopilas, Numancia, Jerusalén, Stalingrado y tantas otras que han evocado los cantares más conmovedores y las historias más desgarradoras. La Historia tiene su modo de hacer las cosas y es compasiva con los valientes mientras que suele relegar a un segundo plano a aquellos que les obligaron a realizar tal memorable hecho. Si lo que sucede en esos muros alcanza a través de la épica las legendarias cotas de la inmortalidad, el resultado de la confrontación es independiente, será una victoria finalmente aunque acaben derrotados.

¿Pero que sucede en el lado opuesto a esos muros? ¿Acaso no presenta también coraje aquellos que se exponen a lluvias de flechas, calderos de brea en llamas o a enormes rocas proyectadas? ¿No merece un nombre en los anales aquel que puso el primer pie en la muralla armado con una simple espada y rodeado de enemigos? ¿Puede compararse la valentía de alguien al que no le queda otra que luchar por su vida con la de otro que arriesga en apuesta mortal al todo o nada?

Viene al caso todo esto por una corriente palpable que se genera tras asistir a un partido del Barcelona contra un equipo amurallado y semanas después o semanas antes, a ese mismo conjunto contra un rival diferente en diferente táctica. Fue durante la primera temporada de Guardiola al frente cuando se pudo ver algo que salía de todos los cánones establecidos, un avasallamiento tal que antes de concluir la primera parte se había producido una goleada de escándalo.

Era otra cosa, un nuevo concepto de futbol al que nadie estaba preparado, ni siquiera grandes escuadras ni entrenadores con el mejor de los historiales podían escapar de aquel rodillo imparable. Lo que sucedió a continuación solo fue la lógica aplicación de la causa por el efecto, la selección natural aplicada al deporte, una adaptación inherente para encontrar remedios antes esa plaga de futbol. Comenzaron los asedios.

Como norma habitual, el contrario adoptó la posición débil y cerrando filas por acumulación de piernas y sacrificio en las ayudas consiguieron minimizar los daños. Ya fuera cual fuera el resultado final, el poso que quedaba era el de una sensación lejana a las antiguas humillaciones, incluso satisfactorias en la derrota por la mínima. Las fuerzas del universo volvían a igualarse y el aura de invencibilidad perdía su brillo insultante.

Grandes conjuntos empezaron a armarse en ese antídoto al parecer práctico y la inevitable pérdida de fuelle y vitalidad catalanas hicieron el resto. Una décima de segundo más tarde en la presión, despistes en el engranaje perfecto, atacantes rivales adiestrados en rebanar en zonas vacías, cada pequeño y gran detalle se explotó para sepultar un mito. Y el dogma prevaleció.

Desde aquellos días pasados y casi durante todas las semanas se puede asistir a la repetición del asedio, sin importar quien esté al frente ni su estado actual. La gran mayoría acepta y usa el dogma como estrategia natural con dispares resultados dependiendo del día que tenga cada uno de los dos equipos. Pero habría que hacerse también una pregunta al respecto, una que intente descifrar porque la aceptación de la posición débil es ante el Barcelona un mantra y ante otros rivales también poderosos ya no lo es tanto.

Como siempre resulta tentador rescatar el némesis blaugrana, el conjunto blanco de la capital, señor del caos, de la cabalgada y la pegada. Muchos se hacen esa pregunta, porque unos viajan hasta las Columnas de Fuego todos los días y otros parece que lo hagan a través de extensas praderas. La respuesta pudiera residir en la idiosincrasia del fuerte más que en la voluntad del débil.

La verticalidad como factor determinante y diferenciador entre la natura de ambos equipos, quizás ese sea el punto sobre el que enfocar la tesis, el repliegue y posterior asedio es sencillo ante bloques compactos y lentos. Presentar batalla en campo abierto contra semejante rival se hace angustioso, significa correr tras sombras inalcanzables que medio segundo antes de que llegue tu furor ya se han desvanecido. La erosión física y mental que eso genera invita a cobijarse en el espacio protegido del propio área junto al resto de tus compañeros, desvanecerse en esos términos es más complicado. Así que se acepta el envite y durante las largas transiciones da tiempo a compactarse y aguardar, esperar una perdida y lanzar una estocada a las espaldas protegidas.

Transiciones inexistentes en el caso madridista, con un concepto de carrera y gol superior al de asociación, se busca el éxito en el empuje y en la diferencia de calidad, en esos términos no hay envite real y si un embuste, una trampa tejida cual serpiente que parece dormida. Se deja tocar y zarandear, convidando a acercarse, muchas veces sin pretenderlo, para luego fulminar en 9 segundos una distancia de 100 metros, no hay ser humano que consiga eso salvo en un campo de fútbol, con una pelota y tres compañeros lanzados.

Adicionemos a todo eso un ingrediente primordial y que parece repetirse en las últimas décadas. Orgullo de ambos equipos, filosofías confrontadas, el orden contra el caos, uno sufre en demasía en terreno del otro mientras que ese se encuentra torpe donde aquel lo llama hogar. El orden genera confianza y seguridad pero también predictibilidad, de su control nace la fuente de su futbol pero también su flaqueza, rota únicamente cuando algún pequeño genio sale fuera del esquema. Mientras que el caos es una ruleta rusa donde las balas doradas tienden más a salir, de su descontrol surgen los espacios que lo alimentan.

Ambas características afectan el devenir del juego, ambos conjuntos someten su estilo a los otros por superioridad de plantilla y por tanto cada partido es tal y como ambos lo provocan.

De la legitimidad o no de utilizar la posición débil como estrategia predefinida, aun estando ambos conjuntos en parejas condiciones, ese sería otro debate diferente, tan solo apuntar que todos aquellos a los que la Historia les permitió residir en su memoria no les quedo más remedio que afrontar las circunstancias de ese modo y que su épica surgió cuando la diferencia abismal que existía entre ambos fue compensada con los arrestos y el valor necesarios.

Y de la legitimidad o no de querer pasar dos horas en un estadio o frente al televisor viendo un asedio continuo, seria también otro debate, mas interno y personal, pero siempre teniendo en cuenta que a veces uno no hace lo que quiere porque se ve forzado a hacerlo y sin embargo otras se ve irresistiblemente invitado a ello.

 

“Jamás he visto encarnizamiento igual al que muestran nuestros enemigos en la defensa de esta plaza. Las mujeres se dejan matar delante de la brecha. Es preciso organizar un asalto por cada casa. El sitio de Zaragoza no se parece en nada a nuestras anteriores guerras. Es una guerra que horroriza. La ciudad arde en estos momentos por cuatro puntos distintos, y llueven sobre ella las bombas a centenares, pero nada basta para intimidar a sus defensores…¡Qué guerra!¡Qué hombres! Un asedio en cada calle, una mina bajo cada casa. ¡Verse obligado a matar a tantos valientes, o mejor, a tantos furiosos! Esto es terrible. La victoria da pena”.

Mariscal Lannes, en carta a Napoleón, tras el Segundo Sitio de Zaragoza

 

Anz / Diario AM

 

 

 

 

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