Crónicas

La pérdida de la inocencia (by Bender)

La pérdida de la inocencia (by Bender)
Darroa

En estos días se celebra la Vuelta a España 2014 con tres primeras espadas como Alejandro Valverde, ganador anteriormente de la edición del 2009, Alberto Contador, que se llevó las del 2008 y 2012, y Chris Froome, que se quedó a las puertas del título en 2011. A priori, con semejante cartel, debería ser de obligado visionado para todo amante del deporte. Sin embargo, no la estoy siguiendo porque, a decir verdad, me interesa bien poco quién consiga la victoria.

 

La última Vuelta que seguí, la del 2012, tuvo el aliciente de contar con Joaquim “Purito” Rodríguez echando un pulso a los “colosos” Valverde y Contador. El favoritismo que los medios mostraron hacia el que a la postre fue el vencedor de la prueba, hizo que mi ya deteriorado interés hacia el ciclismo cayera en picado. Reconozco que en los dos últimos años no he seguido ninguna de las pruebas ciclistas porque no encuentro aliciente alguno que me deje pegado a la pantalla, como sucedía en tiempos pretéritos cuando contemplaba las gestas de los grandes de las dos ruedas. ¿Cómo he llegado a este punto de escaso interés por el ciclismo (y como yo creo que otros tantos)? Hagamos un poco de historia.

 

Mis recuerdos se remontan a mediados de los ochenta, cuando en la Vuelta corrían equipos como Reynolds, Kelme, Teka, Zor, Orbea, Kas, Dormilón… y entre otros tantos, uno que como niño que era me hacía mucha gracia, chocolates Hueso (me encantaban los Huesitos).

 

 

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No, no voy de safari, voy a la Vuelta.

 

Cuando empecé a ver la Vuelta por la tele, teniendo la suficiente edad mental como para saber de lo que se hablaba, los grandes corredores eran Álvaro Pino, Marino Lejarreta, Julián Gorospe, o Angel Arroyo, entre los patrios, y gente como Robert Millar, Sean Kelly o “Lucho” Herrera entre los foráneos, y por encima de todos, Perico Delgado, con el que dimos el salto al Tour, palabras mayores. En aquellos años empecé a oír hablar de los héroes españoles, Bahamontes y Ocaña, y los grandes mitos Hinault (que correría hasta 1986, pero del que no guardo recuerdo) y Merckx. Disfrutaba coleccionando los cromos de los diferentes equipos (antes había colecciones de deportistas de todas las clases, ahora parece que sólo interesa promocionar el fútbol, pero de eso hablaremos más adelante).

 

Mis recuerdos de la Vuelta son anteriores a los que tengo del Tour, no sé si porque no daban la prueba gala por televisión hasta que irrumpió Perico Delgado o porque no me enteraba muy bien de que iba la vaina. Hablamos ya de los últimos años de la década de los ochenta. En aquella época los que se batían el cobre en la prueba francesa junto al actual comentarista de la Primera eran gente como Greg Lemond (ganador de 3 Tours), Stephen Roche (1 Tour) o el irascible Laurent Fignon (2 Tours, quedándose a las puertas del tercero en el 89 por tan sólo 8 segundos frente a Lemond). En aquel disputado Tour que daba fin a una década maravillosa en lo referente al ciclismo, Perico Delgado, que defendía título de campeón en el 88, quedó tercero por culpa de un inicio de competición desastroso en que llegó a perder más de siete minutos. Y entonces llegó Indurain.

 

 

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Delgado, Lemond y Fignon

 

Miguel Indurain sigue siendo el más grande ciclista que ha dado nuestro país y forma parte, con todo merecimiento, del Olimpo de los mitos de la bicicleta junto a Anquetil, Hinault o Merckx. La optimista pero todavía poco competitiva España de los ochenta daba con Miguelón un paso de gigante en los noventa para codearse con las grandes potencias deportivas. Perico Delgado en el 88, conquistando el Tour y Arantxa Sánchez Vicario en el 89, ganando Roland Garros a la todopoderosa Steffi Graf, dieron el pistoletazo de salida a la generación que lograría bañar de metales a nuestro combinado nacional en los JJOO del 92. Indurain fue el mejor exponente de los años dorados consiguiendo el Tour de 1991, al que le seguirían otros cuatro más seguidos (92, 93, 94 y 95) y dos Giros (92 y 93). La hora de la siesta nunca tuvo más poderoso enemigo durante el mes de julio que el ciclista navarro. Qué grandes momentos nos dio junto a sus principales rivales, los italianos Claudio Chiappucci y Gianni Bugno primero, y los suizos Tony Rominger y Alex Zülle después.

 

 

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Indurain y Chiappucci

 

Por aquel entonces la Vuelta perdió un poco de brillo debido al tsunami Indurain. En 1991 se llevó la victoria Melchor Mauri, en un podio completamente español, quedando Indurain segundo y Lejarreta tercero. A partir de ese año, la ronda nacional sería coto de los suizos Tony Rominger (92, 93 y 94) y Alex Zülle (96 y 97), con un interludio para Laurent Jalabert (95). No sería hasta 1998 que Abraham Olano llevaría de nuevo el himno nacional al podio. Mientras, en el Tour, la era Indurain finalizaba en 1996, dando paso a la era de la sospecha. A partir de ese año, todos los ganadores del Tour hasta bien entrada la primera década del tercer milenio se vieron salpicados por el dopaje. La inocencia se acabó de golpe. Los héroes de antaño dieron paso a corredores terrenales que necesitaban de un plus para alcanzar la gloria. Del mito se pasó al descrédito. Cada nuevo caso de dopaje era un clavo más en el ataúd del ciclismo de ruta. Tanto Bjarne Riis, como Jan Ullrich y Marco Pantani, ganadores en el 96, 97 y 98 respectivamente, fueron acusados de haber utilizado sustancias prohibidas por la UCI, aunque no fueron desposeídos del premio. El primero en quedarse sin galardón sería Floyd Landis, en 2006, reconociendo al segundo en el podio, el ahora tertuliano Oscar Pereiro, como ganador. Después llegaría el turno de Alberto Contador, que perdería su tercer tour en manos de Andy Schleck, y recientemente fue Lance Armstrong el que veía como era desposeído por la UCI de sus siete galardones, dejando huérfanos de ganadores aquellos años (entre 1999 y 2005).

 

Mientras el monstruo del dopaje enseñaba su fea patita en la segunda mitad de los años 90, España atravesaba su particular drama: la era Indurain acababa con un último año para olvidar. ¿Cómo llenar su vacío? Rápidamente se apostó por Abraham Olano como su sustituto, pero Olano no era Indurain, y aunque era un gran corredor, no se le perdonó el no estar a la altura de la leyenda del ciclismo patrio. Ganó una Vuelta y quedó segundo en otra, quedó 3º en el Giro de 1995 y 2º en el de 2001, rozó el podio del Tour, quedando cuarto en 1997, ganó dos medallas de oro en Campeonatos del Mundo, en ruta en Duitama 1995 (fue plata en Contrarreloj) y en CRI en Valkenburg 1998, y logró la plata, también en CRI, en los JJOO de Atlanta 96. Tremendo palmarés, pero insuficiente para muchos al ser comparado con el de Indurain. Se habían depositado demasiadas esperanzas en el guipuzcoano y su pobre bagaje en el Tour fue una losa muy pesada sobre sus espaldas. A veces somos así de injustos. Algo parecido está sucediendo ahora en al ámbito del tenis con David Ferrer, siempre a la sombra del gigante Rafa Nadal.

 

La turbulenta década de los noventa daría el cierre con un nuevo campeón que dinamitaría los récords de Miguel Indurain: Lance Armstrong. El ciclismo tenía un nuevo ídolo… con pies de barro.

 

(Continuará)

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Darroa

Experto en fútbol internacional. No me quedo sólo en fútbol, voy a la NBA, NFL, NHL y cualquier evento de masas. Los deportes de combate también tienen cabida en mi vida.

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