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Crónica Diario AM 01/09/2014 – Historias de verdad

Crónica Diario AM 01/09/2014 – Historias de verdad
Anz

Me pregunto qué se siente cuando de niño experimentas algo por primera vez y a pesar de la lógica inmadurez te asalta la certeza más absoluta que en tu vida nunca tendrás, que lo que acabas de percibir querrás volver a sentirlo una y otra vez para siempre. Como de manera innata asimilas que eso que te erizó cada fibra de tu ser será lo único que querrás hacer hasta el fin de tus días y que sin casi haber dado algunos pasos por esta vida sabes que de ahí en adelante no vas a descubrir nada que pueda superarlo.

Supongo que no es tan así, que todo eso tal vez solo sean algunas frases sacadas de alguna novela heroica donde el autor se da la licencia de rodear de épica el principio de la historia del protagonista de su libro. Quizás nadie nace destinado a encontrarse de bruces con su sino y es la vida quien a través de sus enrevesados giros te acaba dejando en la orilla de las casualidades.

Pero me gusta pensar lo contrario, abandonar unos instantes esa realidad que atenúa ciertos vivos matices necesarios para nuestra inspiración. Dejarme llevar un poco al terreno de las epopeyas y las leyendas endulzadas en inocentes prosas sin más malicia que la de aumentar el deleite que provocan las hazañas de nuestros días. Porque seamos realistas en esto, para cuando el tiempo teja sus misteriosos hilos en los hechos del hoy y haya conseguido inmortalizar en nuestras memorias los grandes logros de quienes están haciendo historia en este momento, quizás ya no este ahí para verlo. Por lo tanto espero se me permita abrir esta ventana al mañana, ya se verá si tenia razón o eran más bien delirios de un soñador.

Pues bien, como decía, tal vez no hace mucho un niño de mirada vivaz y sonrisa traviesa se subió a una pequeña motocicleta de la que nunca ha podido ya bajarse. Su padre lo miraba expectante y feliz al ver la naturalidad con que maquina y chaval se fundieron en perfecta sintonía. Esa misma noche, al volver a casa y caer rendido en la cama, aquel tímido chico entró en un profundo sueño, un sueño que se alarga todavía hoy y que parece no tener fin.

Millones de giros después de aquel día sigue sintiendo como natural el vértigo que imprime la adrenalina de la velocidad, donde los demás ven solo puntos difusos pasando raudos a ambos lados el siente calma y alegría, todo a una marcha distinta, siente atracción donde otros sufrimos el miedo, vislumbra y sigue una luz que a sus rivales les parece un negro y terminal túnel. Es Marc Márquez, ese niño enfundado en un traje de piloto de competición cuya estela de campeón es inalcanzable.

Tal vez mientras Marc atravesaba cenagales de motocross una pequeña empuñaba por primera vez el mango de una raqueta. No era la típica raqueta que el resto de niñas solía utilizar, era algo mas alargada y fina, un objeto delicado ingeniado no para imprimir vigor y fuerza en el sino precisión, contención y calculo. Sin saber por qué aquello le llamó la atención y como si de un violín se tratase comenzó a tocar una bella pieza entre suaves giros de muñeca.

Su verdadera historia serán pocos los que la conozcan, para la mayoría de nosotros se nos reveló hace bien poco tras demoler a plumazo limpio uno de los mayores mitos del deporte. Tras años de reinado absoluto asiático, la exquisita canción de Carolina Marín se ha podido oír en todo el mundo, una determinación a la altura de su ídolo Rafael Nadal y un don natural para este deporte la catapultan a regiones ignotas en nuestro país. Quiero pensar que nunca querrá dejar de tocar, que nunca se cansará de rasgar una vez tras otra cada una de las cuerdas de su vieja raqueta de bádminton, aquella destinada solo a su mano cual Excalibur.

Y para cuando Carolina daba sus primeros acordes, una ninfa de ojos claros surcaba sin descanso las calles infinitas de una piscina. Solitaria, imbuida en su mundo acuático, consigue encontrarse en su medio natural tras sumergirse y sentir el agua rodeándola, meciéndola y desafiándola al mismo tiempo. Aislada de todo, donde el sonido ya no llega, cruza con ansia los cincuenta metros que separan las dos orillas del éxito, es ahí donde todo tiene sentido.

Mireia Belmonte recibe ahora toda la recompensa de una joven vida llena de trabajo, de miles de horas superándose, depurando su estilo y batiendo sus propias marcas porque siempre fueron las que importaron. Las ondas que su maremoto ha generado llegarán lejos en el tiempo pero es bonito creer que dentro de muchos años, cuando los ecos de la gloria se hayan silenciado, esta ninfa seguirá haciendo lo mismo que lleva haciendo desde que estaba en el vientre de su mama simplemente porque es lo que más le gusta hacer.

Son solo unos ejemplos, todos idealizados y sin ánimos de tener acierto. Aunque siempre me gusta pensar que al menos una pequeña parte de estas historias son verdad.

 

PD: Dedicado a una niña, que persiga siempre sus sueños.          

Anz / Diario AM

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