Aportación Propia

Crónica 26/05/2014 – In absentia

Crónica 26/05/2014 – In absentia
Gimme

Ante todo, querría disculpar la ausencia de nuestro querido Anz esta mañana, que por imprevistos técnicos no podrá regalarnos una de sus crónicas. Sin que sirva de paliativo (sería descabellado intentar sustituir el nivel que siempre nos regala), me gustaría salirme un poco de la tónica habitual en un lunes tan grisáceo como este.

Dax, a priori un buen nombre para un detergente, es una pequeña localidad de poco más de dos decenas de miles de habitantes situada más cerca de la frontera vía Irún que de la metrópoli que les corresponde según su región, en este caso Burdeos. Como en otras tantas regiones fronterizas, sus habitantes tienen más fácil hacer turismo internacional en media tarde que presentarse a hacer gestiones que requieran los medios habituales de una gran ciudad, además de tener paisajes memorables al alcance de una bicicleta y un par de piernas sanas.

En el suroeste galo conviven varios usos y costumbres que, sin ser nada marcianos, sí reflejan culturas particulares muy presentes después de varios siglos. Quizá en parte sea porque técnicamente no se debería decir galo, sino gascón. Por otra, el sentimiento de cultura vasca quizá no tenga la clara delimitación de un territorio político, pero está presente mucho después de pasada la frontera. Para el caso, la particularidad que nos interesa poco tiene que ver con pertenencias culturales en el sentido estricto: en el suroeste, en Dax, el rugby es el rey.

Resulta un tanto desubicante abrir un periódico por la sección deportiva y ver que el fútbol no es nunca la primera plana, sino otro deporte del que el español medio (para bien o para mal) no tiene demasiada por no decir ni pajolera idea. Pero ese era el día a día y la pasión de la persona a quien quiero dedicar estas líneas. Una pasión que sabía dirigir al fútbol en segundo término, pero con el valor añadido que parece sumar la elegancia de un deporte tan aparentemente rudo como el rugby. En este caso, el proverbio inglés se hacía extensivo a un espectador: “el fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros”. No es sino un caballero de quien hablo.

A ese aficionado al rugby le debo mucho más de lo que pueda entresacar en unas pocas líneas rápidas. En un contexto poco aficionado al histrión deportivo, él era la nota discordante que decidí seguir como pequeña sombra preguntona. A esas alturas, dos meras palabras sobre un interés común bastan para ver a quien en principio solo es mayor como un auténtico coloso, indestructible en su sabiduría, y magnánimo al transmitirla.

Otras veces tampoco hacían falta palabras. Bastaba observar su forma analizar la pantalla o el campo de juego que tenía delante, en un silencio que sabías más te valía no interrumpir, con pausa y esmero. Sabías que antes o después haría un juicio de valor, primero en su versión seria y objetiva, y si el caso lo exigía en su versión refunfuñona y sarcástica, aunque siempre elegante. Hacer reír, cuando quería, era otra de sus virtudes. Quizá porque la frecuencia con la que se producía te hacía sentir espectador privilegiado de un evento memorable, hecho a medida para ti. Entretanto, alcanzabas a entrever que del silencio también se aprendía mucho.

La razón de ser del protagonista de estos párrafos, que a estas alturas ya debe ser un auténtico misterio, es sencilla: el recuerdo.

La primera vez me sorprendió, tanto es así que en su momento no supe valorar las emociones del momento. Por suerte, alguna parte de mi renqueante memoria decidió archivarlo con firmeza, como si supiera que más tarde querría atesorarlo entre mis recuerdos favoritos. Aquellas palabras de felicitación sincera, honesta, cariñosa y elegante, de un aficionado a otro, de igual a igual, valían muchísimo más que lo que acababa de presenciar tan solo unos minutos antes en mi televisor: Pedja Mijatovic aprovechando un rechace en el área de la Juventus, viendo el hueco entre Peruzzi y el palo, mandando el balón al espacio justo y celebrándolo con ferviente tranquilidad, muy lejos de mi inexperto autocontrol. Aquella llamada, sin embargo, significaba algo más.

La segunda, quizá por esperada, fue más reposada, pero no por ello menos significativa. Dado que el resultado se certificó pronto frente a un muy meritorio Valencia, mis ojos iban danzando de la pantalla al teléfono al otro lado de la habitación. Sí supe, con un mínimo de experiencia, que aquel gol de Raúl habría sido del agrado de mi futuro interlocutor, que siempre sabía reconocer la clase de un regate o un movimiento fuera del equipo que fuera, le fuera simpático o no.

De la tercera recuerdo un deje de orgullo y alegría compartidos. No en vano Zinedine Zidane inició su carrera profesional en el Girondins de Bordeaux, y mi interlocutor le tenía el respeto y admiración del que era acreedor, a mi juicio el mejor reconocimiento que alguien podía recibir de él. Sabía que pese a su habitual pose hierática a la hora de ver los partidos, no habría podido evitar dar un pequeño salto al ver la volea que marcaba el camino de la victoria en Glasgow, y que posteriormente habría maldecido para sus adentros los minutos de sufrimiento finales. O eso me gusta pensar.

No ha habido cuarta llamada. La vida avanza, y con ella las enfermedades, las dolencias y el cansancio de la misma nos van relegando  inexorablemente a la memoria de los que mejor nos conocieron y amaron. Es esa memoria la que creó la asociación que hoy relato, y la que exigió hacerse un hueco en mis pensamientos durante esta última semana. Por lo personal, a juicio del lector queda decidir si es digno de homenaje. Sé lo que me hubiera dicho, y cómo lo habría hecho. Con un tono menos paternal que en las anteriores, sin duda. Y con sinceras palabras de admiración al Atlético, de cuyas andanzas estaría más que informado, así como hacia Sergio Ramos. Puede que con cierto recochineo por la larga espera.  En realidad podría haberme dicho lo que quisiera. Hubiera seguido valiendo más que cualquier trofeo.

Gimme/Diario AM

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