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La final desde dentro: Un Sevillista en Torino

La final desde dentro: Un Sevillista en Torino
DjDolly

La final del 14 de Mayo será recordada como la final de Beto. La final donde nos coronamos como uno de los mejores equipos de Europa del Siglo XXI. La final donde la maldición de Bela Guttman escribió un nuevo y cruel capítulo. Pero, para mi, basándome en mi experiencia personal, siempre será la final del miedo y la superación. Porque el partido fue casi una misión imposible debido al poderío físico y técnico del equipo portugués. Porque llegamos al final de temporada rotos y casi sin energía. Pero llegamos. Y una vez que estábamos ahí, solo había un resultado posible:la victoria. Pero la verdad es que el miedo se sentía en la grada, sobre todo en la segunda parte y en la prórroga. Porque nuestro equipo respondía pero, por momentos, estaba al borde de hincar la rodilla y entregar la copa. Por pura asfixia. Y en la grada nos dimos cuenta. Y en la grada estábamos acongojados. Aterrados. Pavorosos. Miraras donde miraras, veías caras sufridoras cuyos ojos no sabían bien donde mirar. Parecía que nos aproximábamos todos a una ejecución en masa.

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Pero, en ese momento, un estruendo se hacía hueco entre nuestros corazones. Empieza siempre como algo espontaneo, solitario, un oasis en el desierto. Pero llega. Y, cuando por fin llega a tus oídos y a los de tus compañeros de fatigas, vencemos al miedo. Porque sabes que no estás solo. Si llega la muerte, morirás con doce mil locos a tu lado. Y ellos sienten lo mismo hacia tu persona. Disimulamos el miedo en nuestros corazones y nos ponemos a cantar como si no existiese un mañana. Una manera de darnos fuerzas. Un pensamiento. “Si canto como lo hacen mis hermanos, nada podrá detenernos”. Y te lanzas a romperte la garganta por un objetivo común.

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Y, cuando te quieres dar cuenta, el miedo es un recuerdo pasajero tan minúsculo como las posibilidades que tiene tu equipo de llegar a la portería contraria. Pero no te importa. Sigues cantando porque, una vez que nos damos fuerzas los unos a los otros, llega el momento de dársela a los once guerreros que defienden nuestro escudo en el campo. Cojos, con desgarros, callos, heridas o calambres. Luchan hasta el final. Y te ves representado en ese equipo. Y tu equipo se ve representado en la grada. Y la comunión es total. Tanto que el objetivo jamás podrá ser tan decisivo como el camino recorrido, como la forma empleada para lucharlo, cuando la sangre, el sudor y las lágrimas eliminan el verde del césped por el rojo de nuestro corazón sevillista. Y los portugueses lo sabían. Eran más, pero no podían hacer nada, solo mirar la horda de hijos de perra que tenían enfrente y que no iban a callar hasta que consumiesen el último resquicio de oxígeno de su cuerpo maltratado y vilipendiado por horas y horas de viaje. Callaban. Miraban. Alucinaban. Comprendían que no podían ganar. Más allá de maldiciones, vieron en nuestros ojos ensangrentados que nos tendrían que arrancar la copa de nuestras manos frías y muertas. Porque no estábamos dispuestos a pasar la oportunidad de igualarnos a Juventus, Inter y Liverpool. Caminaríamos junto a los grandes o nos arrancaríamos las piernas. No había otra opción. La gloria o la muerte. Así nos lo tomamos, por exagerado que suene. Sobre todo sonará exagerado a los aficionados que están acostumbrados a levantar títulos como a desayunar cada mañana. Sonará incluso ridículo para algún que otro aficionado cuyo mayor ruido producido en un estadio es el sonido de las pipas cayendo al suelo. O para el que te dice que te sientes, que tus ganas de animar y quedarte sin voz no le dejan ver el partido tranquilamente sentado en una localidad desperdiciada por alguien cuyo sitio natural es el sofá de su casa frente al televisor. Pero no es así. El fútbol en las gradas es una guerra. Es comerte a tu rival o ser devorado sin piedad. Es insuflar aliento a tu equipo o permitirle a tu enemigo aprovisionar a su ejército.

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El miércoles solo hubo una afición. La nuestra. La del Sevilla FC. La vencedora. La que quería ganar. La que soñaba ganar. La que NECESITABA ganar. Y cuando conviertes una victoria en una necesidad, el 99% del trabajo está hecho, pues el 1% restante queda en manos de los dioses del fútbol y de la jodida magia que habita en este maravilloso deporte.

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Y se consiguió. Y se consiguió a pesar de los que argumentan que nuestra presencia en esta competición no fue justa. Un equipo que no hizo nada más que acatar las normas UEFA. Que no se enfrentó a nadie, que no buscó desplazar a nadie de su plaza europea, que fue un mero observador de las decisiones UEFA. Un equipo que se vio beneficiado de las irregularidades de Málaga y Rayo y cuyo único delito fue cumplir con la normativa UEFA. Cuando un equipo se puede clasificar para la Europa League gracias al juego limpio, no se necesitan más ejemplos para entender que está es una competición donde importa el camino y no el origen. Nadie te regala nada. Nadie ha colocado al Sevilla en la final. Nos lo hemos tenido que pelear desde Agosto. Agosto. Se dice pronto. AGOSTO. Tener las narices de quejarse de la presencia europea del Sevilla es no respetar la idiosincrasia de este deporte. De no valorar el esfuerzo humano y colectivo de un grupo de jugadores en el que hubo 34 movimientos entre verano e invierno. Un equipo joven, inexperto y que tardó unos meses en cuajar. Pero lo hizo. Y vaya si lo hizo.

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Y se consiguió porque nos batimos el cobre con una temperatura de mil demonios ante Podgorica y Slask. Porque Slovan, Friburgo y Estoril no fueron rivales pero nos lo tomamos como si fueran el Bayern de Munich, el City o el Chelsea. Dignificamos esta competición desde el principio, yendo a por ella. Paso a paso, pero conscientes de que un traspiés podía ser decisivo. Esta es nuestra competición, la que nos ha hecho grandes y teníamos que respetarla. Prueba de ello fueron los más de dos mil chalados que acudieron a Estoril. Ahí comprendió Emery lo que es el sevillismo. Solo hay que echar un ojo a sus futuras declaraciones para comprobar el calado que este desplazamiento tuvo en su cabeza. Tres cuartos de lo mismo ante el Maribor. Seriedad, competitividad y a la siguiente ronda.

Y se consiguió porque el eterno rival consiguió asaltar el Pizjuán y su reacción instantánea tras terminar el partido fue temernos. Nadie conoce el poderío de nuestra cabezonería tanto como el Betis. 0-2 y, acto seguido, el espanto. Sabían que iban a recibir a un grande herido en su orgullo, casi humillado en su hogar. Nuestra furia sería terrible y ellos nuestro objetivo número uno. Por las declaraciones prepartido, uno no sabía quien había ganado 0-2 a quien. El sevillismo confiado, deseando que llegase por fin esta cita histórica como lobos hambrientos de su propia muerte. Los primeros vencedores, temblorosos, se encomendaban a todos los dioses para soportar nuestras envestidas. Pero, ilusos ellos, no tenían ni idea de que los dioses ya habían apostado todo a un color, a un equipo, a un escudo, a un estadio, a un símbolo. Y no eran ellos. Ellos eran las víctimas. Los que tendrían que conformarse con narrar nuestra historia de primera mano a futuras generaciones. Por mucho que distorsionen la historia, los libros siempre contarán la verdad. Hubo un campeón y fue sevillista. Hubo un héroe y fue Beto. Hubo un señalado y fue Calderón. No Nono. Calderón. Porque un pequeño porcentaje de este título es suyo por su planteamiento cobarde, pusilánime y acomplejado. “Si no fuera por un penalti, estaríamos en el lugar del Sevilla”. No Calderón, no. Si no fuera por ti. Por tu espíritu acoquinado y achantado. Por cierto, Oporto, Valencia y Benfica algo tendrían que decir a esas calamitosas palabras, las últimas de este payaso sin público como entrenador de un equipo español.

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Y se consiguió porque salvamos la vida en situaciones imposibles. El Oporto nos clavo la espada en el pecho. Pero, y ahí radica la gravedad de su error, no la hundió. Tuvo clemencia de un equipo al que no le puedes dar la espalda. “Dicen que nunca se rinde”. Con haberse fijado un poco en el mejor himno del mundo fútbol (de la mano del You Will Never Walk Alone), hubieran tenido la eliminatoria en su mano. Pero no lo hicieron. Nos dejaron con un halo de vida que se convirtió en nuestro clavo ardiendo. Días después, los que pedían clemencia eran ellos. Pero nosotros tenemos un gen ganador, un sexto sentido de la heroicidad que no nos permite realizar dichas cobardías. Les hundimos no una, sino mil espadas en su pecho portugués forjadas con la sangre de Kanouté, Palop, Maresca, Puerta, Luis Fabiano, Navas, Alves, Escudé, Drago, Martí, Renato, David, Adriano, Javi Navarro y hasta de Makukula. Y nos tapamos los oídos. No oímos una sola de sus súplicas a pesar de jugar gran parte de la batalla con un soldado menos. No nos importaba lo alto que chillasen. Nuestra meta era clara. Arrasarlos, no dejar uno solo con vida. El Oporto y su condición de favoritos, fuera.

Y se consiguió porque nos crecemos en la adversidad. Me cuentan los más viejos del lugar que no han vivido en su vida un trato como el recibido en Valencia por parte de un equipo y una ciudad. Doy fe de su testimonio, pues lo sufrí en mis carnes. Panfletos como Superdeporte incitaron al odio más detestable por una acción arbitral en la que nada teníamos que ver nosotros como afición. Por supuesto, la mano de Javi Fuego en el área fue omitida, pues las páginas de esa propaganda del desprecio no entienden de equidad. Pero, para nuestra sorpresa, no se trataba solo de un diario de medio pelo. También de un club, el Valencia, que nos trató como alimañas. Una gente, la de Valencia, que se dedicó a insultarnos, escupirnos, tirar macetas y ladrillos desde balcones y vomitar bilis contra todo lo que oliera a sevillista. Lo que no saben es que estaban forjando una rivalidad harto peligrosa pues, con todos los respetos, nosotros no somos el Levante o el Villarreal (equipos que, por cierto, van a quedar por delante de ellos con mucho menos presupuesto). Nosotros estamos habituados a que nos odien. El éxito es lo que tiene. No necesitamos ser un equipo simpático (ejem) sino ser un equipo ganador. Y cuando ganas dejas víctimas. Y cuando dejas víctimas, consigues enemigos. Y cuando tienes enemigos…acabas con ellos. En lo que puede haber sido la justicia más poética, la representación más lúcida del karma, la venganza más dulce de la historia del fútbol, un cabezazo de Mbia en el 94 nos metía en la final de Turín. Justo cuando un minuto antes comenzaban a insultarnos desde las gradas de Mestalla, a cantarnos que ellos, los impíos, los no elegidos, los inquisidores de nuestro trono, se iban a Turín. Pues no. Nos íbamos nosotros y nuestra alegría y nuestra risa inundó un estadio que comprendía en silencio y de primera mano lo que era poner a un sevillista contra las cuerdas. Nosotros morimos matando. Pero, en este caso, no solo no morimos sino que les dejamos sin aliento y rumbo a nuestra tercera final de la Europa League. Ellos se quedaron con su bien más preciado durante esos días:su odio a lo blanquirrojo.

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Y se consiguió porque Jorge Jesús, el entrenador del Benfica, parecía no haberse visto ni uno solo de los partidos de su rival al declarar que iban a ganar si o si. Y eso nos motivó aun más si cabe. Porque es cierto que el Benfica era favorito. Por calidad técnica, física y experiencia. Son un equipo temible y que ha arrasado en Portugal y Europa, tumbando a la propia Juventus. Pero nosotros somos el Sevilla. Somos los del “Échale huevos”. Los pesados del himno. Los que no dejan de ganar. Los que convirtieron Europa en su territorio de conquista hace unos pocos años. Y volvíamos a por lo que era nuestro, lo que nos correspondía por derecho. Porque si hay un equipo que ha pasado penurias y perrerías para llegar a la final somos nosotros. Y porque nuestro equipo está defendido por miles y miles de almas sedientas de repetir lo ya vivido. Y esas almas contemplaron como el equipo salió nervioso para estabilizarse hasta el comienzo del segundo tiempo, donde el equipo portugués mostraba sus armas. Y eran afiladas, numerosas y destructivas. Pero, por suerte, no certeras. Aguantamos como pudimos. Tanto jugadores como afición. La vinculación era tan fuerte que cuando uno de los nuestros cojeaba, nuestros cánticos se escuchaban aún más fuerte y el futbolista conseguía unos minutos más de resistencia. De donde no había, la sacaba. Y porque cuando alguno de mis compañeros desfallecía producto del cansancio, Carriço, Vitolo o Pareja se tiraban al suelo a morder para recuperar un balón y ese aficionado recuperaba momentáneamente su voz. Era recíproco. Ellos nos daban. Nosotros les dábamos. Nos retroalimentábamos. A pesar de las miradas de asco de Platini, el Sevilla dignificaba la competición con su eterna pelea. Porque la Champions es lo máximo pero la UEFA (para mi siempre será la UEFA y no la Europa League) tiene un encanto especial, algo que la convierte en el torneo de los desheredados y actores secundarios que se rebelan a su destino.

Y se consiguió porque, a pesar de Rakitic, Bacca, Gameiro y cía, para mi el futbolista que mejor refleja lo que es este Sevilla es Coke. Porque es un jugador consciente de sus muchas limitaciones pero eso no le acobarda, sino que le obliga a esforzarse cien veces más para disimularlas, para superarse y estar al más alto nivel. Y lo consigue. Año tras año, lo consigue. Titular en el Sevilla campeón de su tercera UEFA y, además, lanzador de uno de los penaltis decisivos. Como Pareja, un jugador al que me hinchado de criticar este año por su bajo rendimiento inicial que ha sabido callarme la boca a mi y a otros tantos con actuaciones como la del miércoles. Para la UEFA, el jugador del partido fue Rakitic. Para mi, fue Pareja. A la larga, sus acciones de anticipación, interceptación, su derroche físico, su dominio del juego aéreo y su liderazgo atrás, fueron más decisivas que las muchas jugadas acertadas que comandó nuestro rubio capitán. Aunque es imposible quedarse con solo uno de nuestros guerreros, sinceramente. Honor a todos.

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En una final preciosa, disputadísima e histórica, el único que no estuvo a la altura fue Platini. Su afán recaudatorio dejó 7000 plazas vacías en el espectacular y comodísimo Juventus Stadium. 7000 asientos que hubieran llenado la afición portuguesa o española sin problema, pero la obsesión del francés por mercantilizar aún más si cabe el fútbol, lleva a esto. Es lógico, ¿A quién le va a interesar más una final de la UEFA? ¿A un patrocinador, a un amigote de las altas esferas o a las aficiones de los equipos implicados? En fin, solo queda aplaudir y ponerme de pie ante el Benfica, su afición y su gente por ser unos contrincantes ejemplares, por poner de su parte porque reinase la paz en las calles de Turín y por su magnífico comportamiento. Nosotros, a lo nuestro, a seguir ganando títulos haciendo sentir orgullosos a mucha gente y escribiendo una historia que ni Ramón Sánchez-Pizjuán podía haber soñado. Somos el Sevilla, el equipo con más copas de la UEFA de Europa junto a Juventus, Liverpool e Inter, y eso no se puede igualar con nada. Ni siquiera los pocos años en nuestra historia que hemos pasado en Segunda son olvidables. Porque gracias a ellos, gracias al sufrimiento y la humildad cosechada en tiempos oscuros, somos lo que somos. VIVA EL SEVILLA!

 

@jlamotta23

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23
  • http://diarioam.es DjDolly

    Brutal aporte, espero ller más colaboraciones y entrevistas tuyas por aquí amigo.

    Felicidades por la tercera, sois un grande de Europa

  • darroa

    Brutal el aporte

  • Depechero y Sevillista

    Sin palabras. No se pude expresar mejor el alma sevillista.
    Dicen que nunca se rinde.

  • Alejo Ramone Culé

    Increible articulo.

  • Mikel C

    No me gustó.
    La opinión de @jlamotta sería más respetable si no se acordara de los rivales en cada párrafo. Obtener la victoria no te hace justo vencedor. Más aún haciéndolo de la manera en la que lo hizo el Sevilla. Como aficionado neutral, en lo futbolístico no me pareció superior ni al Benfica ni al Valencia. Si en los 3 últimos partidos (no sé si en más, éstos fueron los que ví) el árbitro no hubiera cometido los errores garrafales que todos vimos desde el sofá, el Sevilla ni habría llegado a la final; creo que cualquier espectador neutral compartirá mi opinión.
    Enhorabuena a los sevillistas y un saludo a todos.

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DjDolly
@djdollyDAM

Cronista, Barman, DJ, Informático, Bloguero y enfermo del deporte.

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