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Crónica Diario AM 24/03/2014 – La ironía de la vida

Crónica Diario AM 24/03/2014 – La ironía de la vida
Anz

El fútbol, como la vida misma, nos depara ironías que resultan difíciles de explicar y que debemos aceptarlas como accidentes aleatorios y casuales pero puede que si nos paramos a pensar todo fuera resultado de una conjunción de múltiples circunstancias a primera vista inconexas.

En el choque acontecido anoche en el Santiago Bernabéu tuvo prácticamente de todo, varios pequeños partidos dentro del mismo juego con un desenlace final acorde al espectáculo global. La emoción de las remontadas en el marcador, las fases de dominio intercambiado, las grandes polémicas que aderezan este deporte, el brillo meteórico de algunos contrastando con el eclipse de otros que fueron convocados y que nunca acudieron.

Para desentrañar este caótico y frenético partido, el mejor Clásico de la última década, quizás haya que remontarse en el tiempo y recolectar con esmero y dedicación una a una las difusas piezas de un puzzle que le dará forma finalmente a este complejo tapiz.

Nos remontamos lejos en los años, al blanco y negro del viejo televisor donde un argentino naturalizado forjó el mito de un equipo blanco hasta ese día tan irrelevante como cualquier otro pero que tras su histórico paso dejó una marca indeleble e inolvidable que hasta hoy perdura. No sólo llevo a su club al más alto status sino que sumió al resto de rivales a seguir la inalcanzable estela del que suscribe los anales del tiempo.

Tuvo que pasar medio siglo para que otro club, irónicamente el que más llegó a sufrir aquella estela dorada, el que consiguiera alcanzar cotas semejantes. Germinados por un tulipán holandés, la simiente explotó desde las raíces de la entidad y fue tan majestuoso el  resultado que los fuegos que consumían la naturaleza inculcada y perdedora de sus gentes se extinguieron. Con orgullo se alzaron bajo una identidad propia, símbolo adquirido para representación de su modo de percibir la vida y dentro de un rondo infinito consiguieron conjurar el mayor exponente del fútbol asociativo de la historia con la eficiencia de los elegidos a morar entre las leyendas ganadoras.

Y retrocedemos de nuevo para encontrarnos con otra de esas circunstancias, con un muchacho de la tierra, un chico que pasó por todos los estratos posibles en el ADN blaugrana, mamando cada etapa, desde recoger pelotas a portar el brazalete, para irse y después volver, para después marcharse sin nunca dejar de estar. Aquel chaval dirigió, en opinión de algunos, la mejor escuadra balompédica posible, fue tanto su impacto que puede que un día dejemos este mundo aun perdurando su impacto en el fútbol.

Pero es curioso cómo funcionan las cosas, la coyuntura de que ante un referente siempre aparecerá un opositor en igual grado, que acabará por confrontarlo de igual a igual y acabará por derrocarlo. El tiempo, la imposibilidad de morar indefinidamente en la excelencia y el hambre despertada en los rivales termina por corromper cualquier proyecto de perfección eterna.

De la mano de un portugués, inasequible al desaliento, hijo adoptivo de Maquiavelo tanto en inteligencia como en moralidad, se comenzó a gestar el que debería ser el némesis exterminador del Olimpo blaugrana. Estudioso y minucioso en el detalle, transitó por el desierto de la humillación y naufragó entre derrotas hasta alcanzar su momento, el día en que pudo mirar a los ojos a su enemigo. Tras miles de millones dilapidados y un concierto de choques a cada cual mas turbador, llegó el instante en el que igualó lo suficiente la balanza como para dejar de sentir aquel vértigo que la abismal diferencia se interponía entre ellos. No se sabe bien realmente cuanta es la cuota de responsabilidad en aquella equidistancia, dejemos como incógnitas si fue mayor la superación de unos o la caída de los otros, pero si quedó claro que la certidumbre del resultado dejó de existir.

Esa época seguramente también nos sobrevivirá en el Tiempo, y la Historia ajusticiará los hechos en su parte más real, vaticinando un posible escenario podríamos decir que se hablará que hubo un momento en el que el mejor Barcelona de siempre se enfrentó al único rival capaz de oponérsele, al único que reunía los dos únicos requisitos, los mayores recursos que existen y un orgullo insaciable que lo empujaba a utilizarlos para volver al lugar al que creen pertenecer desde los tiempos de aquel argentino naturalizado.

El resultado fue una cabalgata de Clásicos en los que se sufría mas que se disfrutaba, en el que el ruido mediático lo distorsionaba todo pues lo que no se gana en el campo puede ser revirado después, en el que la excelencia táctica y el conocimiento de ambos contendientes convirtió cada juego en una guerra sin cuartel. En definitiva, para cualquier aficionado inclusive los implicados, estos partidos se convirtieron en una bomba con implacables efectos colaterales nocivos para lo que los rodeaba.

Pero resulta que tuvimos que esperar a que aquellos dos colosos terminaran cada uno su propia época. Ninguno de los dos debería ser el mismo ya, en pleno proceso de reciclaje, cada cual a su manera, más o menos dolorosa y más o menos complicada pero en cambio al fin y al cabo una época de transición o tregua como se prefiera nombrar.

En el caso del Real Madrid el partido de anoche constata su incapacidad para sobreponerse ante rivales de alto nivel, la renovación buscada dejo para el recuerdo su pétrea estructura, su presión asfixiante a la amenaza creativa y sus demoledoras contras donde el enemigo más flaquea. Sin mejorar sustancialmente la vistosidad de su juego, ha perdido varias de las habilidades que le permitieron competir de tu a tu a su archienemigo. Una defensa despistada y un centro del campo lento en presión y transiciones ataque-defensa, condenan a su terrible arsenal atacante ante conjuntos de nivel por inanidad en el suministro de balones. Este equipo pierde ante su espejo pasado en casi todas las categorías importantes del juego.

Por otro lado el Barcelona, del que sobradamente están analizadas sus carencias y que sufrirá mucho haber osado tocar el cielo y retado a los Dioses en su vanidad divina. Su transición se antoja dolorosa y la imagen del pasado les perseguirá durante mucho tiempo a ese pueblo melancólico que ya comenzó a echar en falta el presente aunque aún no se haya materializado en pasado.

Y en eso radica esta ironía, decía que debimos esperar a que saliesen dos versiones distintas y empeoradas, dos sombras de lo que fueron, para poder disfrutar de un espectáculo ya tiempo atrás olvidado. Un partido en el que quien marcó primero a los cinco minutos no fueron los locales. Un encuentro en el que el Barcelona se aceleró cuando debió detenerse y que al final pareció detenerse cuando necesitaba acelerarse. Un choque en el que el Madrid nunca consiguió imponer su físico ni el Barcelona fluir dentro de su juego asociativo. El día en el que el Barcelona erró los pases y el Madrid las contras. Un partido en el que nunca hubo aquel ritmo desbocado pero que jamás dio un respiro. El día en que se señalaron dos penaltis en área madridista y en el que el agredido fue un central blanco. La demostración de que el mayor valor futbolístico no suele estar asociada al valor de un contrato y si en los delicados cuerpos de un eléctrico fideo o de un humilde chaval de Albacete. La constatación del hecho irrefutable como los de que ambos deberán mejorar sus versiones si quieren optar a todo este año.

Y por encima de todo una última circunstancia que cierra el ciclo que abrió aquel argentino de hace medio siglo, un compatriota suyo que cada día que pasa termina por ajustar otra cuenta mas que se estaba debiendo, un fenómeno de los que solo suceden cada cincuenta años, un incalificable rareza que va camino de destrozar la Historia a golpes de puro fútbol. El día en que este milagro decida colgar las botas, pudiera ser el día en que vimos por última vez la mejor versión que se pueda conseguir en este deporte, y eso es también una ironía, la tristeza que traerá esta suerte nuestra de haberlo vivido.

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