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Crónica de una dimisión anunciada (por Rubén Uría)

Crónica de una dimisión anunciada (por Rubén Uría)

Con una hora de demora sobre el horario previsto para su comparecencia, escoltado por miembros de la Junta, su esposa y varios jugadores, Sandro Rosell presentó su dimisión. Lo hizo en un epílogo triste, sin admitir preguntas, limitándose a leer un comunicado en el que afloraron recordatorios de los títulos conquistados y reproches al prójimo. Rosell denunció que su familia ha sufrido amenazas, se reafirmó en que el fichaje de Neymar es correcto y esgrimió que está siendo víctima de ‘una injusta y temeraria acusación’. Su heredero será Bartomeu, uno de sus delfines, del que cabe preguntarse en qué lugar dejará a la institución si finalmente la querella decide extenderse a su persona. La carta magna azulgrana no obliga a la dimisión en caso de implicación, al prevalecer siempre la presunción de inocencia. Rosell no ha sido declarado culpable y ni siquiera ha sido imputado, pero la imagen del club ha quedado seriamente dañada y ha derivado en una crisis de proporciones bíblicas.

El adiós de Sandro es la crónica de una dimisión anunciada, que sirve para interpretar dos variantes: primero, que Rosell ha sido capaz de conjugar un verbo que no se utiliza en España, dimitir; y segundo, alimentar la sospecha de que, tras el muro de la supuesta cláusula de confidencialidad, podrían esconderse cifras y presuntas irregularidades que harían aún más daño al club. En perspectiva, el mandato de Rosell ha alternado valentía en la toma de decisiones impopulares con errores groseros y una pésima política de comunicación. Rosell llegó a la presidencia con el mayor respaldo social de la historia del FC Barcelona (65,5% de votos). Hoy, tras este terremoto judicial 7,3 en la escala de la Audiencia Nacional, ese respaldo masivo se ha tornado en rechazo. Cual gota malaya, el crédito de los actuales directivos presenta más agujeros que un queso gruyère.

El nuevo escenario anuncia turbulencias y una denominación de origen tan cruel como real: de Fútbol Club Barcelona a Fútbol Ruz Barcelona. Una situación sórdida e impensable, que no merecían los socios. El juez Ruz tilda de verosímil que se pudiera cometer «un delito de apropiación indebida en su modalidad de distracción» en la compra del delantero. Le tocará decidir si los contratos son legales o no, y si el fichaje se ajustó a ley o no. En ningún caso tendrá que establecer o dirimir qué nivel de transparencia y credibilidad tuvo Rosell hacia sus socios en la Asamblea del club.

Rosell, un presidente útil si se hubiese centrado en reducir la deuda y mantenerse en segundo plano, siempre pareció estar mal aconsejado y peor asesorado. Un lastre lapidario para quien ha sido víctima de sus incontinencia verbal. Al margen del desencuentro público con Guardiola, la imagen del presidente se deterioró en diferentes episodios como la Grada Joven, el contrato de Qatar, el adiós de Pete Mickeal o la dolorosa salida de Abidal. Su epitafio final, ironías del destino, fue su apuesta personal: fichar a una estrella ha servido para tumbar a una Junta que presumió de su llegada. Paradojas de la vida: Rosell aireó que Neymar le había salido barato y eso le ha costado muy caro.

El caso Neymar es un monumento a la incoherencia: primero se pidió que la querella no fuera admitida a trámite, después se imploró al juez su citación y más tarde, se requirió que el caso se trasladara de la Audiencia Nacional a un juzgado de la Ciudad Condal. El Barça sostiene que la operación fue impecable y niega la distracción. El querellante, Jordi Cases, más allá de las cifras, apunta una realidad que significa un torpedo para los directivos actuales: si se prueba su versión, se habría ocultado una información pública y la cacareada transparencia sería un imperio de opacidad.

Hoy sabemos que la acción de un socio (traidor a la patria para unos, socio modélico para otros), esté quien esté detrás de su iniciativa (que tarde o temprano también se conocerá), pone en solfa una serie de lugares comunes de naturaleza inocua. A saber: el hipotético control económico, las supuestas leyes de transparencia de los clubes y el presunto reglamento de Fair Play son, simplemente, papel mojado. Garantes de cartón piedra, garantías de pacotilla. Ninguno de esos mecanismos fue capaz de advertir el efecto bola de nieve del caso Neymar. Al contrario: se inhibieron. Un farmacéutico de Olot se ha pasado esos lugares comunes y reglamentos laxos por la entrepierna.

La institución se enfrenta a una crisis de consecuencias imprevisibles. Una amenaza que amaga con arrastrar al equipo, el patrimonio más valioso del club, por un camino de espinas. Inmerso en un proceso de autodestrucción cuyas secuelas serán difíciles de cuantificar, el aficionado culé regresa al kilómetro cero de su gran temor y su pesadilla más reconocible: por enésima vez, el peor enemigo del Barça ha sido el propio Barça.

Rubén Uría / Eurosport

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